
Hace mucho frío afuera, pero tendré que abrir una ventana para que entre el aire, ya casi no puedo respirar. Hoy maté a un hombre.
Sí, lees bien, hoy maté a un hombre y la defensa propia – aunque pueda y deba esgrimirla cuando llegue el momento – no tendrá la fuerza suficiente de una convicción íntima y definitiva más allá de toda duda razonable.
Aún me tiembla la mano, sin embargo no estoy herida y mi pulso es normal. Es probable que sea consecuencia del esfuerzo de enterrar un puñal en las entrañas de un cuerpo robusto, porque la vida siempre ofrece resistencias.
Te preguntarás cómo es posible que yo, con este cuerpo que apenas me sostiene por su extrema delgadez y con manos de poeta – que sólo han sabido dibujar versos de amor y desengaño – haya sido capaz de matar a un hombre. No ha sido tan difícil. Podría contarte que la niña lloraba a mi lado y que temía por su fragilidad cuando - ya sola - tuviera que enfrentarse a los perros en la noche, o que en la mirada de nuestro hijo germinaba – como una hiedra envenenada - el odio y el rencor por su impotencia, pero aunque cierto, te engañaría si creyeras – aunque sólo fuera por un momento - que fui una heroína, una fiera acorralada defendiendo a su manada.
Insisto, no ha sido tan difícil. He podido comprobar que la fuerza es un recurso absolutamente irracional que surge - cuando menos lo esperamos y más nos hace falta.
Acaso fue la certeza de su cuerpo frente al mío, el perverso deseo en su mirada, la distancia inabordable que pretendía vulnerar con su presencia soberana frente a mi debilidad, o simplemente la impunidad del uso y el abuso de su poder por la costumbre de ejercerlo, no lo sé francamente y tampoco sé si me importa, porque las explicaciones que se esgrimen después de los hechos, son sólo los argumentos del discurso necesario que organiza las causas, pero jamás la verdad que revela los motivos del alma.
Lo importante, lo que me aterra, lo que se agita inoportuno y despiadado en mi interior, es ese yo que desconozco, nuestras vidas batiéndose a duelo ante la mirada estática del poder de mi voluntad, mi absoluto desprecio por su cuerpo inerme y sus gemidos obscenos pidiendo clemencia, mi mirada fría y serena ante el espectáculo de la muerte, mis manos de poeta que – jugando a ser dios – escribieron los últimos versos de su vida y de la mía, porque ahora, cuando aún hace frío y la noche espera para dictarme sus sentencia, sé que tendría que haber sido más difícil.
Mi presente, ésta soledad que ya no hace daño, es una fractura, el antes y el después serán – lo sé - dos tramos irreconciliables, y el porvenir la condena a un exilio permanente de ya no ser para buscarme eternamente.
Es tarde ya, y los niños se han dormido junto al calor del fuego que pudimos encender con las hojas del libro que rescatamos, y mientras jugaban a descubrir como les enseñaste - para sentirte cerca, imagino – los versos ocultos de poetas muertos en las páginas que revelan los misterios de la vida, encontraron éste, que tal vez resuma lo que ellos intuyen y yo aún no alcanzo a comprender.
Tu le connais, lecteur, ce monstre délicat,- Hypocrite lecteur, - mon semblable, - mon frère !
Sí, lees bien, hoy maté a un hombre y la defensa propia – aunque pueda y deba esgrimirla cuando llegue el momento – no tendrá la fuerza suficiente de una convicción íntima y definitiva más allá de toda duda razonable.
Aún me tiembla la mano, sin embargo no estoy herida y mi pulso es normal. Es probable que sea consecuencia del esfuerzo de enterrar un puñal en las entrañas de un cuerpo robusto, porque la vida siempre ofrece resistencias.
Te preguntarás cómo es posible que yo, con este cuerpo que apenas me sostiene por su extrema delgadez y con manos de poeta – que sólo han sabido dibujar versos de amor y desengaño – haya sido capaz de matar a un hombre. No ha sido tan difícil. Podría contarte que la niña lloraba a mi lado y que temía por su fragilidad cuando - ya sola - tuviera que enfrentarse a los perros en la noche, o que en la mirada de nuestro hijo germinaba – como una hiedra envenenada - el odio y el rencor por su impotencia, pero aunque cierto, te engañaría si creyeras – aunque sólo fuera por un momento - que fui una heroína, una fiera acorralada defendiendo a su manada.
Insisto, no ha sido tan difícil. He podido comprobar que la fuerza es un recurso absolutamente irracional que surge - cuando menos lo esperamos y más nos hace falta.
Acaso fue la certeza de su cuerpo frente al mío, el perverso deseo en su mirada, la distancia inabordable que pretendía vulnerar con su presencia soberana frente a mi debilidad, o simplemente la impunidad del uso y el abuso de su poder por la costumbre de ejercerlo, no lo sé francamente y tampoco sé si me importa, porque las explicaciones que se esgrimen después de los hechos, son sólo los argumentos del discurso necesario que organiza las causas, pero jamás la verdad que revela los motivos del alma.
Lo importante, lo que me aterra, lo que se agita inoportuno y despiadado en mi interior, es ese yo que desconozco, nuestras vidas batiéndose a duelo ante la mirada estática del poder de mi voluntad, mi absoluto desprecio por su cuerpo inerme y sus gemidos obscenos pidiendo clemencia, mi mirada fría y serena ante el espectáculo de la muerte, mis manos de poeta que – jugando a ser dios – escribieron los últimos versos de su vida y de la mía, porque ahora, cuando aún hace frío y la noche espera para dictarme sus sentencia, sé que tendría que haber sido más difícil.
Mi presente, ésta soledad que ya no hace daño, es una fractura, el antes y el después serán – lo sé - dos tramos irreconciliables, y el porvenir la condena a un exilio permanente de ya no ser para buscarme eternamente.
Es tarde ya, y los niños se han dormido junto al calor del fuego que pudimos encender con las hojas del libro que rescatamos, y mientras jugaban a descubrir como les enseñaste - para sentirte cerca, imagino – los versos ocultos de poetas muertos en las páginas que revelan los misterios de la vida, encontraron éste, que tal vez resuma lo que ellos intuyen y yo aún no alcanzo a comprender.
Tu le connais, lecteur, ce monstre délicat,- Hypocrite lecteur, - mon semblable, - mon frère !






