domingo 29 de junio de 2008

Fracturas


Hace mucho frío afuera, pero tendré que abrir una ventana para que entre el aire, ya casi no puedo respirar. Hoy maté a un hombre.
Sí, lees bien, hoy maté a un hombre y la defensa propia – aunque pueda y deba esgrimirla cuando llegue el momento – no tendrá la fuerza suficiente de una convicción íntima y definitiva más allá de toda duda razonable.
Aún me tiembla la mano, sin embargo no estoy herida y mi pulso es normal. Es probable que sea consecuencia del esfuerzo de enterrar un puñal en las entrañas de un cuerpo robusto, porque la vida siempre ofrece resistencias.
Te preguntarás cómo es posible que yo, con este cuerpo que apenas me sostiene por su extrema delgadez y con manos de poeta – que sólo han sabido dibujar versos de amor y desengaño – haya sido capaz de matar a un hombre. No ha sido tan difícil. Podría contarte que la niña lloraba a mi lado y que temía por su fragilidad cuando - ya sola - tuviera que enfrentarse a los perros en la noche, o que en la mirada de nuestro hijo germinaba – como una hiedra envenenada - el odio y el rencor por su impotencia, pero aunque cierto, te engañaría si creyeras – aunque sólo fuera por un momento - que fui una heroína, una fiera acorralada defendiendo a su manada.
Insisto, no ha sido tan difícil. He podido comprobar que la fuerza es un recurso absolutamente irracional que surge - cuando menos lo esperamos y más nos hace falta.
Acaso fue la certeza de su cuerpo frente al mío, el perverso deseo en su mirada, la distancia inabordable que pretendía vulnerar con su presencia soberana frente a mi debilidad, o simplemente la impunidad del uso y el abuso de su poder por la costumbre de ejercerlo, no lo sé francamente y tampoco sé si me importa, porque las explicaciones que se esgrimen después de los hechos, son sólo los argumentos del discurso necesario que organiza las causas, pero jamás la verdad que revela los motivos del alma.
Lo importante, lo que me aterra, lo que se agita inoportuno y despiadado en mi interior, es ese yo que desconozco, nuestras vidas batiéndose a duelo ante la mirada estática del poder de mi voluntad, mi absoluto desprecio por su cuerpo inerme y sus gemidos obscenos pidiendo clemencia, mi mirada fría y serena ante el espectáculo de la muerte, mis manos de poeta que – jugando a ser dios – escribieron los últimos versos de su vida y de la mía, porque ahora, cuando aún hace frío y la noche espera para dictarme sus sentencia, sé que tendría que haber sido más difícil.
Mi presente, ésta soledad que ya no hace daño, es una fractura, el antes y el después serán – lo sé - dos tramos irreconciliables, y el porvenir la condena a un exilio permanente de ya no ser para buscarme eternamente.


Es tarde ya, y los niños se han dormido junto al calor del fuego que pudimos encender con las hojas del libro que rescatamos, y mientras jugaban a descubrir como les enseñaste - para sentirte cerca, imagino – los versos ocultos de poetas muertos en las páginas que revelan los misterios de la vida, encontraron éste, que tal vez resuma lo que ellos intuyen y yo aún no alcanzo a comprender.

Tu le connais, lecteur, ce monstre délicat,- Hypocrite lecteur, - mon semblable, - mon frère !

sábado 28 de junio de 2008

Ficciones II


Hoy es tu cumpleaños, y tal como lo prometí, solo puedo ofrecerte este manojo de cartas, en las que sin duda se resume la mayor parte de la historia que quiero regalarte. Un punto de vista parcial porque los acontecimientos no son más que el reflejo de una mirada singular.

Nunca pregunté cómo fue que me encontró, pero el hecho es que lo hizo. Un llamado de atención, un posible malentendido, un probable fraude, lo que fuera, pues bastaba mentir y encubrirse detrás de las apariencias. Me encontró o dejé que lo hiciera, tanto da, pero la verdad es que lo seguí por sinuosos caminos, un gusto anacrónico para la moda de los tiempos, un lenguaje formal que sólo se construye con los años y notorias influencias de un pasado de grandezas. Bastó hacérselo notar para que se sorprendiera y con un impulso digno de su juventud, se embarcara en un proyecto que tarde o temprano habría de costarle un golpe tan fuerte como el clamor de sus delirios.
Lo difícil de explicar es el porqué de mis impulsos, ya que no puedo justificarme en la ingenuidad de la juventud, ni siquiera en la inocencia de la vida. ¿Porqué lo acompañé hasta el borde del abismo para luego abandonarlo?, ¿porqué al fin me comporté tan ruin y miserable? No conozco las respuestas, o tal vez la única que puedo ofrecerme y escribirte es tan desagradable al pensamiento como a la confesión.
Lo que estaba a la vista era nuestro permanente exponer con el afán de ocultar, sus fortalezas que coincidían con mis debilidades, mis fortalezas que coincidían con su fragilidad, sus delirios tan inoportunos como persistentes, y el mío, satisfacer los delirios de los otros, su soledad más antigua que su nombre, su virginidad perdida a penas, su deseo irrealizable de poseerlo todo, su ternura y mi necesidad, su mano dispuesta a sostenerme cuando yo creía que me había perdido para siempre.
Poco más o menos, así éramos, para saber lo que seremos, tendremos que esperar a que supuren las heridas.

Casi todo lo demás, lo importante y lo que menos, lo que dijo él - sólo a través de mis respuestas - mis palabras, un monólogo interminable, es lo que sigue, una larga correspondencia en un corto período de tiempo y en un perdurable espacio del alma.

Idea

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Si lograste llegar hasta aquí sin perderte en la densidad y el agobio manifiesto de las palabras, tal vez hayas podido percibir los hilos, que como a las marionetas, le dieron forma a la historia.
Podría, aunque aún no tengo la distancia suficiente, arriesgar algunas conclusiones que tuve que callarle a él en su momento, pues de haberlas dibujado, sólo a mí me habrían dado paz y no creo merecerla.
¿Cómo habría podido explicarle sin herirlo más de lo que ya lo había hecho, que ese amor que él me reclamaba, no podía sentirlo yo por él, precisamente por cómo era? A pesar de su exquisita inteligencia y su sorprende erudición, tan frágil al fin, recreaba en mí todo lo que siempre encontraba y de lo que siempre estaba huyendo. Él era un hombre y todos al mismo tiempo, y seguramente lo sigue siendo, pues su naturaleza lo acompañará hasta dónde llegue con su vida, y la fascinación de encontrarse cada día con alguien diferente es sólo comparable al terror que produce su inmensa fragilidad, su incapacidad para sobrevivir y su desdén por las cosas de este mundo.
Como dije al principio, reconstruí la historia de sus palabras a través de mis respuestas, las suyas, no podía transcribirlas pues a él le pertenecen y a mí en nuestro pasado.
Ponerlo entre la espada y la pared fue un acto de crueldad, aunque no de perversión, pues el fundamento no era provocarle un dolor sino que apelara a sus propios recursos para poder aniquilarme. Y creo que lo logró, o así quiero creerlo, pues una vez refugiado en su antiguo dolor podrá volver a encontrarse.

No puedo evitar preguntármelo y acaso sólo tú conozcas la respuesta, ¿será que todo esto sucedió - como suceden las ficciones - para poder escribirte y contártelo?

Idea

Un día de invierno de un año cualquiera.

jueves 26 de junio de 2008

Puzzle

Tal vez, después de todo, esto soy y no lo que anhelaba, una mujer – a veces próxima y otras lejana - que va por el mundo buscando y juntando las piezas que le faltan para armarse y que puede encontrarse entera y satisfecha en esos raros momentos de la vida que a veces la suerte da.

miércoles 25 de junio de 2008

Confesiones


- ¿Puedo confesarle algo? – dijo con la voz firme de quien no está esperando una respuesta.
- No – replicó ella – porque la historia de mi vida se escribe con los nombres de amores imposibles, algunos dispersos por la geografía y otros ignorantes de la soledad a la que me condenaron.
¿Entiende por qué? - el amor sólo existe cuando lo confesamos.

Un pesado silencio los invadió, y acaso la ironía fugaz de la resignación en la despedida, como forma de retirada.

martes 24 de junio de 2008

Dilemas


Giacometti

Era un malestar diferente, pero si apelaba a los registros de su memoria, lo intuía familiar. Ya de regreso a casa, decidió pasar por la clínica. El médico hizo las preguntas de rutina y el examen clínico correspondiente y al no encontrar ninguna patología le formuló una última pregunta que la tomó desprevenida, hacía años que no la escuchaba en una consulta médica y cuando decidida a contestar con un no rotundo abrió la boca, sólo balbuceaba palabras inconexas al ritmo acelerado de su mente en plena gimnasia matemática.
El médico sonrió y con gesto dubitativo le dijo - ¿está sorprendida? La pregunta encubría una afirmación, y con un tono solemne más apropiado para un cura - ofreciendo castigo o bendición - que para un doctor agregó - tendrá que pensar en la vida que se empecina, o en el amor que se resiste al tiempo.

Media hora después vagaba solitaria por las calles, y sin poder organizar los pensamientos ni conectar su cuerpo con su alma, se dejaba llevar por la inercia de su andar junto al sol que la protegía de la inclemencia del invierno y del viento tan característico de la ciudad que le peinaba la melena hacia atrás.
Al fin, ya no recordaba desde dónde había partido y mucho menos en qué calle estaba estacionado su auto. Se subió a un taxi y se fue derecho a casa.
Allí la esperaba una rutina conocida en la que se sentía cómoda desde hacía muchos años, organizar el resto de la tarde, su trabajo mudo de construir ficciones para explicarse el mundo, preparar la cena y disfrutar de esas horas que había conquistado con tanto esfuerzo y que sabía, le pertenecían por derecho propio.
No pudo dormir esa noche, se repetía que ni las fantasías ni las pesadillas duran tanto para aceptar que debía comprender su embarazo como una realidad concreta, en la que las especulaciones propias de situaciones imaginarias ya no eran herramientas adecuadas para tomar decisiones.
Presumía que a su edad, pensar la maternidad era un ejercicio anacrónico, ya le había dedicado muchos años y no sabía si podría hacerlo nuevamente. No se trataba sólo del deseo, porque desear es una costumbre que no tiene edad, pero ese tiempo - de no ser más que para hacer y ver crecer - reclama inexorablemente una juventud física de la que ya no disponía. Pero además estaba él, porque las prisas y las urgencias del ansia del amor los habían sorprendido imprudentes, y aunque tenía derecho a saberlo, antes ella, tendría que decidir si le daría una oportunidad. Era su cuerpo el que se transformaba y no otro.
Ponerlo al tanto implicaba necesariamente escuchar su opinión para luego resolver entre los dos. Participarle de la noticia a los solos efectos de que se enterara y dejarlo impotente frente a los hechos, era una perversidad que otras veces había criticado con vehemencia. Aún no amanecía cuando se dejó ir - rendida - en el sueño, necesitaba tiempo para exponer su alma a la intemperie, sabía que hay dilemas en la vida cuyas posibles soluciones tienen todas consecuencias irreversibles, cada una a su manera.
Dormir no repara nada, acaso alivia la consciencia por una fracción de tiempo que dura el espacio de un parpadeo, y al despertar investigó en sus síntomas, torpe como una madre recién estrenada, para descubrir que a pesar de la evidencia del paso de los años, se podía recordar en otro tiempo ya pasado con el mismo malestar y otro sentimiento, en el que los deseos y la realidad discurrían sin contradicción, como los rieles por los que se desliza un tren señalándole un destino.

El domingo la sorprendió en el parque al que solía llevar a sus hijas cuando eran pequeñas, hacía muchos años que no caminaba bajo la sombra de los pinos en los que juntaban hongos en otoño después de las lluvias y escuchaba las risas de los niños jugando a las escondidas, pero al llegar y ver los rayos del sol colarse por la copa de los arboles, al encontrarse frente a frente con el viejo roble que había sobrevivido al implacable acoso del lamento de los hombres buscando refugio en su abrazo, supo en la serenidad restablecida de su madurez, que había tomado una decisión, y que las consecuencias serían, como siempre lo habían sido en su vida, enfrentar el futuro que tenía por delante.

domingo 22 de junio de 2008

Sí, aunque cueste creerlo


A veces es preciso tomar distancia de los hechos, del murmullo de las conversaciones que merodea invadiendo, de la marea revuelta que se agita con la intensidad de un nuevo sentimiento, del miedo sempiterno de estar queriendo, de la certeza que esgrime sus evidencias, de las risas francas y las miradas tiernas de algunos hombres - para decir gracias y que al decirlo - todo se comprenda.
Lo demás, lo que vendrá, antes o después – dicen ellos – es un espacio en el firmamento, el tiempo – una entelequia que se construye en el encuentro – de ser joven para sorprenderse descubriendo y de vivir para envejecer sintiendo.


Para ellos, que lo saben.

¿Y ahora qué?


Giacometti

Jugando a ser Dios, abrimos una página al azar, y la pregunta – que tal vez no debíamos formular – encuentra una respuesta. No nos sorprende, acaso nos condena la prisa de no poder ya – nunca más – intuirla.


No, no te quieren, no.
Tú sí que estás queriendo.

El amor que te sobra
se lo reparten seres
y cosas que tú miras,
que tú tocas, que nunca
tuvieron amor antes.
Cuando dices:”Me quieren
los tigres o las sombras”
es que estuviste en selvas
o en noches, paseando
tu gran ansia de amar.
No sirves para amada;
tú siempre ganarás,
queriendo, al que te quiera.
Amante, amada no.
Y lo que yo te dé,
rendido, aquí, adorándote,
tu misma te lo das:
es tu amor implacable,
sin pareja posible,
que regresa a sí mismo
a través de este cuerpo
mío, transido ya
del recuerdo sin fin,
sin olvido, por siempre,
de que sirvió una vez
para que tu pasaras
por él – aún siento el fuego –
ciega, hacia tu destino.
De que un día entre todos
llegaste
a tu amor por mi amor.

Pedro Salinas

miércoles 18 de junio de 2008

Hermanas y mujeres


Es la segunda de una familia numerosa, aunque a decir verdad es justo la del medio, porque los muertos también cuentan.
La rivalidad con su hermana mayor tiene tantos años como ella, pero jamás podrían ponerse de acuerdo en las razones, a cada una le duele diferente la otra o tal vez, el lugar preciso desde el que les tocó jugar a ser hermanas tenía la singularidad de un conflicto particular.
Como fuera, raras veces se hablaban por teléfono, aunque sabían todo de sus vidas porque se veían regularmente en los almuerzos familiares.
Ese viernes por la noche cenaba con sus amigos en un boliche céntrico. Cuando llegó, ya estaban ordenando, saludó a todos con un beso, se sentó mirando hacia la entrada y le alcanzaron una copa de vino para brindar. Su envenenada costumbre de controlarlo todo la obligaba a una rutina conocida, mirar a su alrededor para ubicarse en el contexto, y así vio cómo sin contemplaciones, él ya le estaba clavando la mirada. Era el novio/amigo/amante de su hermana, su cuñado de turno, un mal tipo que ya llevaba años en la familia. Estaba acompañado, una morocha alta de quien sólo veía las espaldas. A veces no alcanza con saber y tener certezas, a veces encontrarse cara a cara con la verdad y las evidencias es una obviedad para la que no estamos preparados. No había nada nuevo en aquella imagen, nada que ella no supiera, acaso nada que su hermana no supiera, sin embargo la inquietud y el desasosiego del inefable eran una prueba más que se acumulaba al desconcierto de la negación.
Fue una noche de perros, la cena, su regreso a la soledad y la duda, la convicción de saberse inútil, porque sin importar lo que hiciera, no sabría cómo devolverle la vista a un ciego. La sempiterna rivalidad con su hermana no era una buena aliada, pero el silencio era una complicidad a la que no estaba dispuesta.
Dejó pasar las horas miserables de una noche atormentada porque la verdad se revela con la luz.
El teléfono sonó a las 10 de la mañana y su hermana, ya al tanto del encuentro, con una explicación que sólo puede conformar a quien está dispuesto a hacerlo, adoptó la vieja estrategia del ataque para defenderse. No había mucho para decir, tal vez sólo escuchar y obligarla a escucharse. Dos horas después cuando interrumpió el monólogo desesperado de quien da explicaciones tan sólo para encontrarlas, y le dijo que no era a ella a quien tenía que convencer sino que debía preguntarse qué clase de relación podía obligarle a uno a vivir dudando del otro, la vehemencia de su discurso se quebró en un llanto desgarrado y en una confesión – es que no entendés que yo no soy fuerte como tú, que yo no sé vivir sola. La vieja rivalidad había encontrado un cauce, una línea de fuga, la pretendida soberbia no era otra cosa que una máscara para esconder su sentida fragilidad.
No tuvo que hacer un esfuerzo, las palabras encontraron las huellas que dejan el amor y el afecto - de saberse hermanas y mujeres - para discurrir, y en esa mañana fría de un invierno que estaba llegando a su fin, le dijo – negra, sos una gran mujer, tierna y generosa, tenés unos hijos maravillosos, sos independiente y tenés todo para dar, pero mientras no dejes de menospreciarte manteniéndote aferrada a un hombre que no vale ni una sola de tus lagrimas, no vas a encontrar a ese otro sin el que no podés vivir y que está, lo sé, al alcance de tu deseo.
Y sucedió, no un milagro, tal vez la vida, porque a veces sólo hace falta que los otros aprecien nuestras virtudes para poder encontrarnos con ellas.

martes 17 de junio de 2008

Quiero ser yo


Es su día de descanso pero no está contenta, algo le molesta, le pesan las horas que vendrán de libertad sin horizonte, le gustaría escribir pero no sabe, las promesas de tantas horas de ficción ya no la consuelan, le duele la soledad que - no pudiendo ya engañarse - presume para siempre.
¿Y si fuera otra? ¿Si fuera esa mujer, precisamente esa que va cruzando la calle con un niño de la mano, segura, elegante, ligeramente altanera y con esa mirada satisfecha de saber que lo ha logrado, porque la vida es dar y recibir y estarse en compañía?

Sí, ya está, toma su lugar porque al soñar sólo cuesta despertarse y además, el traje de chaqueta le calza como un guante.
Se sube al coche, sienta al niño atrás y arranca, va directo al supermercado, es hora de hacer las compras para el almuerzo familiar. Elige cuidadosamente los ingredientes, verdura y fruta fresca, pescado del día y algunas minucias para picar antes de sentarse a la mesa. Ya de regreso el niño le cuenta que la maestra lo puso en penitencia, que la niña que se sienta a su lado huele mal y que la merienda que llevó el viernes por la tarde estaba deliciosa.
Estaciona el coche en la entrada de su casa y baja las bolsas de la compra. Una vez ordenada la cocina, intenta poner orden en el resto de la casa, le pide a su hija mayor que baje el volumen de la música y al varón del medio que deje de jugar con la pelota contra las paredes del dormitorio. Se siente bien, le gusta cocinar cuando los comensales están hambrientos, adora el trajín de los fines de semana que aturde entre discusiones, risas de empatía y llantos pasajeros, y sobre todo - a quien engañaría - la tarde junto a él, la promesa de caricias y ternuras, la complicidad de saberse indispensables y la certeza de amarse para siempre.
Al oír sus pasos corre a abrir la puerta, se acerca para besarlo, pero él distraído la esquiva con un gesto brusco, tira el abrigo en una silla y se acomoda junto al televisor, es domingo por la tarde, su cuadro juega en la cancha y no quiere perderse un minuto del partido.
El pescado sutilmente adobado se devora sin elogios ni sonrisas entre gritos desaforados de guerras adolescentes y desplantes malhumorados de un fanático que pierde por goleada. Las horas de la tarde apenas son suficientes para reconstruir el hogar desmantelado por un ejército que sólo deja escombros a su paso, y al caer la noche, cuando las manos buscan otras manos, cuando el alma busca compañía y el deseo es una urgencia de encontrarse - en un silencio que le es ajeno - oye los ronquidos de un cuerpo que respira a su lado y comprende, que aunque la soledad y las miserias de la vida conyugal se conjugan en otro tiempo, el verbo siempre es el mismo, y que el traje que le calzaba como un guante no es más que un disfraz de carnaval fuera de temporada.

No sabe escribir, pero aprenderá, inventará ficciones a las que su cuerpo no se resista, quebrará el silencio - que le es familiar - con acordes que la conmuevan y se acomodará a su destino, que aunque presume solitario, siempre tiene reservado para ella esos mágicos momentos de un gesto de ternura de otras almas semejantes.

domingo 15 de junio de 2008

Historias mínimas


Daba igual dónde fuera, en el ómnibus, en la calle, entre las multitudes de una manifestación o en la más absoluta soledad de una playa desierta, si había un loco suelto vagando, inexorablemente la encontraría. Cada vez que le sucedía se preguntaba lo mismo, ¿seré un imán que los atrae?, porque invariablemente al cruzar fugazmente las miradas, el loco se le arrimaba buscando algo. Aquello era objetivamente muy molesto, había pasado por muchas situaciones críticas y además, los malos momentos, el miedo a lo desconocido, el temor a la violencia física o simplemente verse en un espejo que le devolvía una imagen patética de sí misma.
Esa tarde estaba cansada de tanto andar, había recorrido a lo largo y a lo ancho el parque que atravesaba la ciudad en pleno centro - un pulmón sano y verde con tantos matices como ningún pintor podría reproducir en su paleta - y se sentó en un banco solitario con las ultimas luces de un día que agonizaba.
Al levantar la vista distraída lo vio venir a lo lejos, pero ya era tarde para huir. Miró a su alrededor y no había nadie, ni hombre ni mujer ni animal que pudiera abrir un camino de fuga. De pronto se sintió acorralada – curiosa sensación en aquella solitaria inmensidad - estaba aterrada, las manos le transpiraban, podía escuchar los latidos acelerados de su corazón en el silencio de la tarde y las extremidades de su cuerpo no le respondían, quería correr pero no sabía cómo ni por dónde, hasta que finalmente la distancia que la separaba de aquel hombre se convirtió en una grieta por dónde sólo podría colarse el agua. Sus inmensos ojos pardos eran dos signos de interrogación sosteniendo una pregunta sin contenido.
Cuando se sentó a su lado, el hedor de su cuerpo rancio la abrazó impertinente, pero ella ya resignada, se dejó estar como si fuera para siempre. A veces el miedo se transforma de tanto sentir y doler, y entonces la paz llega como una huída imaginaria en la que el cuerpo es sólo el vestigio de un alma que ya no puede ser herida porque se evade para aferrarse a los muros de su cárcel.
Pasado un tiempo que las horas no pueden registrar porque la marea de los sentidos no ocupa espacio, justo cuando las sombras son una entelequia y la noche amenaza con el más absoluto desamparo, el hombre que obstinadamente se mantuvo a su lado se levantó y se fue caminando lentamente por uno de los senderos arbolados hasta perderse de vista.

Tanto dolor estéril, tanto miedo acorralado, tanto desprendimiento para siempre irreversible, para descubrir que a veces la locura es un imán que atrae soledades que buscan el más primitivo de todos los deseos, estarse juntos compartiendo el silencio.

sábado 14 de junio de 2008

Poeta suplicante


Para Federico

Un día, alguien a quien queremos nos pide algo, cumplir con un deseo, o tan sólo dibujar en la memoria el rostro de una mujer hermosa y lejana, una pintura de colores vírgenes que se resistirá al olvido.

Tal vez éstos sean los mejores regalos que podemos hacer, estarnos juntos andando para descubrir rincones, esquivar obstáculos, retratar miradas, conquistar sonrisas o simplemente compartir momentos de la aventura de vivir para contarlo.

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Alguna vez lo dije, los cementerios son una trampa de hormigón, los hombres van en busca de castigo o perdón, los arboles crecen empecinadamente altos buscando la vida en el cielo, las flores reposan mustias en las tumbas y los muertos respiran en la eternidad de un sueño que jamás será truncado.
Mientras me acercaba por una ancha avenida podía ver los puestos de flores a los costados de la entrada, y un aire de decadencia propio del abandono al que deben resignarse los parques sembrados con la ceniza de los muertos.
No muy lejos de la entrada la tumba de Verlaine, y aunque sepamos de cierto que allí fueron enterrados sus restos, no hay rastros del poeta maldito, ni versos, ni ruegos, ni llantos, tan sólo una lápida que promete su nombre.
Para él, una rosa roja y un poema suplicante - de un poeta lejano aunque no distante – que serán tal vez su más cálida compañía hasta que la lluvia y el viento les deparen otros destinos inciertos.

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Una noche que prometía tormenta, un puente que le exige al hombre acercarse a Dios, un músico vestido de bandoneón y un tango, poco más o menos eso era todo. Sentada al cordón de la vereda, una joven mujer hermosa, de pelo largo y mirada franca, escuchando y bebiendo las tímidas lágrimas de un cielo que siempre sabe de nostalgias.

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Dernier espoir

Il est un arbre au cimetière
poussant en pleine liberté,
non planté par un deuil dicté, -
qui flotte au long d'une humble pierre.


Sur cet arbre, été comme hiver,
un oiseau vient qui chante clair
sa chanson tristement fidèle.
Cet arbre et cet oiseau c'est nous:


Toi le souvenir, moi l'absence
que le temps - qui passe - recense...
Ah, vivre encore à tes genoux !


Ah, vivre encor ! Mais quoi, ma belle,
le néant est mon froid vainqueur...
Du moins, dis, je vis dans ton coeur ?

Verlaine

viernes 13 de junio de 2008

La larga historia


Tres años habían pasado desde la última vez que se vieron, desde que las heridas habían elegido el silencio y la distancia como bálsamo para cicatrizar. Pero el amor es obstinado, o serán tal vez los latidos acelerados de un corazón que no sabe de retiradas.
Sentados a la sombra de un sol de primavera, las palabras no eran más que un punto de vista parcial, la traducción de gestos, de ideas, de hechos del pasado o de planes de futuro, del transcurso del tiempo – que dice de ausencias – invertido en los sueños o malgastado en dolores inútiles.
El lenguaje es primitivo para hablar del amor, siempre escaso, siempre ineficiente, palabras que se clavan como un puñal, o murmullos que acarician como una ternura, da igual, porque no muestran lo que se esconde, el temblor incontrolable del ansia de ser y de estar, la pérfida idea de detener el mundo, el deseo que para serlo nunca es satisfecho, las manos abiertas que se empeñan en rozar el alma, el vano propósito de poseer lo inasible.

Pero luego, al abrigo de una luna menguante, cuando la noche se abre al encuentro, en el más noble y hondo de los silencios, las delicias del amor son mucho más que el placer acabado en el sexo, son las ternuras esquivas del alma, los destellos de luz en las esquinas negras de tantos desamparos, los hilos invisibles que agitan los cuerpos – marionetas sin lógica ni propósito – en una danza que habrá de perdurar hasta el próximo encuentro.

Mientras tanto, ella tal vez dirá y él seguramente callará, porque cada uno a su manera buscará las huellas y los vestigios, las sombras y las luces, el absurdo de las razones para abrir o cerrar con un paréntesis una larga historia sin fin.

"Me multipliqué para sentirme"

L´homme

No: toda palabra está de más. ¡Sosiega!
Deja sólo de tu voz el silencio anterior.
Cual vago mar a playa desierta, llega
A mi corazón dolor.

¿Qué dolor? No sé. ¿Quién sabe saber qué siente?
Ni un gesto. Sobreviva sólo a canto ha de morir
El luar, y la hora, y el vago perfume indolente,
Y las palabras por decir.

Fernando Pessoa

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¡Tan pronto pasa todo cuanto pasa!
¡Muere tan joven ante los dioses cuanto
Muere! ¡Todo es tan poco!
Nada se sabe, todo se imagina.
Circúndate de rosas, ama bebe
Y calla. Lo demás es nada.

Ricardo Reis

miércoles 11 de junio de 2008

Sólo la fe

Anduve muchos caminos, plazas, parques, veredas y calles, puentes que unen las orillas y puertos que arriman los barcos, líneas paralelas y puntos universales, todo lleva tarde o temprano a la fe, porque en las iglesias y las catedrales que siempre están al volver la vista atrás - si no se encuentra a Dios - se comprende que sólo una fe que no es cualquiera, pudo alzar al cielo el ruego infinito y eterno de sus perspectivas.

domingo 8 de junio de 2008

Destinos

Cambié de continente para verlo - una vez más y ya van siendo muchas - porqué sé más de él por cuanto calla, cuando puedo palpar la duda en su mirada, cuando me apreta la garganta con la intensidad de su abrazo, cuando se le escapa una sonrisa o cuando lo apuran las prisas de tantas huídas inútiles, porque yo siempre estoy o estaré allí en cualquier parte – esperando - aunque me siga matando poco a poco y en cada tramo de éste paréntesis que es mi vida cuando no está, tanto amor que nunca será más que un sentir sin destino aparente ni más lógica que el absurdo de no poder evitarlo.

miércoles 4 de junio de 2008

Una sonrisa dibujada


Entre tantos libros me detuvo uno de fotografías “Matisse por CartierBresson”
No fue hasta después de la guerra que Matisse se dejó fotografiar libremente, no le gustaba ser interrumpido en su trabajo por la curiosidad que generaban los reportajes fotográficos, era sobre su obra que quería que se centrara la atención.
Sin embargo, a finales de 1943 en Vence, en una Villa de estilo colonial inglés llamada “le Rêve” Cartier-Bresson comienza la primera de una serie de sesiones fotográficas sobre él.
“De todos los medios de expresión- escribe Cartier-Bresson – la fotografía es el único que fija un instante preciso. Jugamos con las cosas que desaparecen, y cuando lo hacen, es imposible hacerlas revivir.” Años más tarde, cuando se consagra definitivamente al dibujo dice: “La fotografía es para mí el impulso espontaneo de una atención visual perpetua que capta el instante y su eternidad. El dibujo, gracias a su grafología, elabora lo que nuestro consciente captó de ese instante. La foto es una acción inmediata, el dibujo una meditación.”
Las fotografías sobre Matisse son maravillosas, y mientras ojeaba el libro escuché que alguien me decía – si le seduce Matisse, le hago un precio. Cuando levanté la vista sonriente y pregunté cuánto costaba, el librero me dijo que a cambio de otra sonrisa me lo regalaría. No pude dejar de sonreír aunque de todas formas le pagué por el libro lo que pedía, pero me sentí afortunada al llevarme su sonrisa dibujada.

lunes 2 de junio de 2008

Una tarde cualquiera

Hace 28 años, cuando pisé por primera vez el Viejo Continente, yo era una “sudaca” más entre tantos que habían venido huyendo de las dictaduras y de la represión. Hoy a tantos años vista y aunque no sea “políticamente correcto” referirse a la inmigración de modo despectivo, el problema subyace y amenaza con convertirse en algo más grave.

Bastó con subirme al taxi e indicarle la dirección al conductor para que lanzara la pregunta ¿Argentina? Aclarar que soy Uruguaya es pueril, si para los argentinos somos una más de sus provincias, para los europeos somos una pastera. Una vez que el sujeto al volante tuvo la certeza de no cometer una infamia confundiendo gato por liebre arrancó con su discurso y no paró durante todo el trayecto. No hubo forma humana de interceptarlo, de lograr que escuchara algo más que su propia voz que sin ningún esfuerzo por disimular, hacía responsable a los inmigrantes y sus abusos de todos los males que sufrían los trabajadores nativos, los que realmente se merecían vivir en éstas tierras y beneficiarse de su progreso.

Una hermosa tarde de sol me sorprende recorriendo un parque maravilloso, uno de los tantos pulmones verdes que han sabido mantener las grandes ciudades europeas, y entre los tilos que están comenzando a florecer tardíamente por la fría primavera veo muchos niños pequeños jugando. Un poco más allá, sentadas en los bancos, mujeres que los vigilan. Hasta un ciego podría percibirlo, porque además de la diferencia del color de la piel, y de la calidad del vestido, se oye el murmullo de sus conversaciones. Hablan en chino, en español, en árabe, en todos los idiomas de los inmigrantes. No son las madres de los niños, son mujeres que han venido desde lejos a buscarse una vida mejor y que trabajan cuidando, mimando y velando por la seguridad de los hombres y mujeres del futuro que legislarán para que no puedan conquistar los mismos derechos que aquellos que “legítimamente” los tienen sólo por haber nacido en el lugar y en el momento adecuado.

Los muertos

¿Sabés dónde está Jim Morrison?

La pregunta me la hizo en inglés y la ironía no es mi fuerte en ese idioma, pero me hubiera gustado decirle que yo estaba jugando a las escondidas con él y tampoco podía encontrarlo.

Paradójicamente, en los cementerios se rinde culto a la vida, porque es allí donde vamos a buscar los misterios que se ocultan detrás de la muerte.
Si los muertos hablaran, si en los cementerios trajinaran sus almas entre las sombras de los árboles, aquello sería una batalla campal, una guerra sin tregua, un eterno debate de ideas y pensamientos encontrados, una novela del imposible, un libro de poesías malditas, un coro mal dirigido, infinitos ensayos inútiles de teorías filosóficas clamando por encontrar el camino de vuelta.
Pero los muertos no hablan, y entre los resquicios de tantos sepulcros el silencio es un homenaje tardío porque es a los vivos a los que hay que escuchar.

domingo 1 de junio de 2008

No puedo escribir...

No puedo escribir, el murmullo incesante de la multitud, la música informal de una guitarra, el grito imperativo de un comediante callejero que ordena sentarse a observar, el reclamo intermitente de mi madre, las palabras todas que reflejan tan sólo el movimiento, el ir y venir que me aparta del único centro posible - la soledad - porque viajar es un exilio, apartarse del universo íntimo y personal, buscar lejos lo que falta tan próximo.
Partir sí, para luego regresar al rincón más profundo del desamparo en el que no sucumban las palabras y poder escribir de manera torpe pero intuitiva las dos o tres ideas que resumen el misterio del encuentro.