viernes 29 de febrero de 2008

El extranjero


Tal vez porque me interesa la política en general, o simplemente por curiosidad, leo regularmente artículos a propósito de las elecciones en otras partes del mundo cuyo centro de influencia es para todos nosotros, en este pequeño e imposible país, evidente.
Tal vez también, porque un alguien virtual, cuya existencia física desconozco, pero puedo dar fe que habita en otro páramo de esta inmensidad, me ha obligado a pensar en algunas cosas que ya había archivado en las carpetas de mi memoria.

Tal vez, por esas razones y por otras que no logro enfocar, recordé estos días el libro de Camus “EL extranjero”
Nunca me resultó un libro fácil, y lo he leído y releído en distintos momentos de mi vida. Una novela corta, que se puede leer en pocas horas, pero que produce un desconcierto importante.
Se pueden encontrar en Internet infinidad de interpretaciones, por lo que sin duda yo jamás me atrevería a introducir alguna.
Simplemente, dejar constancia, de la asociación quizás sin fundamento, que me viene en mente cuando pienso, en este caso particular, en las elecciones generales que habrán en España en pocos días, y los grandes niveles de abstención que seguramente también habrán a la hora de votar. Creo que el voto debe ser un acto obligatorio, que aunque no lo queramos o no nos guste, debemos cumplir con nuestra parte de responsabilidad que implica decidir quién va a hablar en nuestro nombre. Pero no puedo dejar de pensar en todos aquellos que deciden ser extranjeros en su propia tierra, que deciden que da lo mismo que unos u otros hablen por ellos, que en definitiva no sólo no se sienten responsables del mundo en el que viven sino que además no participan de las decisiones colectivas. Y al pensar en ellos, pienso irremediablemente en Meursault, en el absurdo de la existencia que sólo se asimila en un renacer, en la consciencia de ser, y en “la tierna indiferencia del mundo”

Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, al fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.
Albert Camus - El Extranjero

miércoles 27 de febrero de 2008

¿Innato o adquirido?

El Pensador - Rodin


Sentí una presencia acogedora que me abrazaba y vaya que me hacía falta. Cuando giré la cabeza, aún medio inconciente y lo vi, no me sorprendió. Era mi hermano menor, que contra todo pronóstico había logrado sortear todos los impedimentos que hacían imposible que estuviera allí.
Hacía menos de 24 horas que me habían internado de urgencia, con una infección que la mala praxis médica me había obsequiado después de parir a mi primera hija, y que amenazaba con generalizarse a todo mi cuerpo. Nadie apostaba mucho por mi vida, salvo el médico que para salvar su cuello, decidió subir la apuesta a todo o nada, mejor muerta que sin útero a tan corta edad.
Me habían depositado en una sala, a falta de otra mejor, en la que sólo mujeres podían cuidar a otras (que por cierto no esperaban morirse allí) por las noches.
Como dije, contra todo pronóstico, y entre tantas gentes que podían haber ido esa noche a acompañarme o a velarme, según fuera el caso, mi hermano estaba allí, parado en medio de la oscuridad, acariciándome la mano. Estuve ese día y otros cinco más de los que recuerdo muy poco, pero cada vez que apelo a mi memoria recuerdo a mi hermano con sorprendente claridad. Le dije que no podía estar allí, que en esa sala solo admitían a las mujeres, (así me lo había explicado el padre de mi hija para justificar su ausencia) y escuché su respuesta: dormite tranquila, que cuando te despiertes yo voy a seguir aquí. Y así fue.

Quizás el desafío de tener hijos y pretender que se quieran entre ellos, o tal vez que cuando uno va creciendo se plantea cuestiones imposibles, pero la verdad es que sigo recordando aquello con una sonrisa que invariablemente asoma en mis rasgos. No es necesario entrevistar a mucha gente para concluir que la mayoría de las “familias” son por lo general disfuncionales, que los hermanos no siempre se quieren (o casi nunca lo hacen) y que a pesar de haber tenido los mismos padres y más o menos las mismas condiciones o posibilidades de desarrollo, los hermanos no se parecen en nada. Están los que se odian, o los que se envidian, o simplemente los que son indiferentes con el otro. Y la sangre o el ADN no ayudan mucho para promover mejores sentimientos.
No sé si en mi caso que debería decir nuestro, incluyendo a todos mis hermanos, fue la sangre, o el ADN o simplemente la vida y sus circunstancias, el amor de mis padres y el que habitaba los muros de mi casa, pero la verdad es que mis hermanos y yo nos queremos. Y en esos momentos de la vida, en que por distintas razones los amigos o los amantes indefectiblemente no estarán, sabemos que siempre podremos encontrarnos sin buscarnos demasiado.

domingo 24 de febrero de 2008

Vinieron por ellos

Marcel Marceau


La tarde que los dos hombres uniformados se presentaron en su oficina, él era el Secretario pero quería ser el Director.
Cuando preguntaron por ellos, él palideció, no pronunciaron sus nombres porque no los sabían, pero las descripciones eran perfectas. Él les pidió tiempo, y en ese juego en el que nada se explica pero todo se comprende, ellos aceptaron.
En pocas horas logró ubicarlos y convocarlos a una reunión en la casa familiar.
A las 7 de la tarde estaban todos, su mujer, su hija mayor y su hijo menor. Las descripciones de los uniformados eran las de sus hijos, era a ellos a quienes estaban buscaban.
La decisión de entregarse era de cada uno, pero tenían que saber que él había dado su palabra, y faltar a su palabra podía costarle la Dirección.
Su hija no dudó, había renunciado tantas veces a su libertad, que el sacrificio de la cárcel no la sorprendía.
Su hijo dijo no, jamás se entregaría y el desprecio en su mirada fue sólo comparable a la victoria silenciosa de su madre que callando siempre había otorgado y a la sorpresa de los uniformados cuando vinieron a buscarlos.

Y descubrí que al enemigo no lo había hecho Dios ni el diablo, sino nosotros mismos y nadie puede obtener la más pequeña victoria en nombre de la bestia si no existe la bestia. Unos fueron castigados con el diluvio y otros con lluvia de fuego; a nosotros nos tocó esto, merecimos esto, lo seguimos mereciendo porque lo hemos hecho nosotros mismos.“

Para esta noche – Juan Carlos Onetti

sábado 23 de febrero de 2008

El mejor tango.

Fotografía - Eduardo Longoni


Hay días, que son la mayoría, que no tenemos nada que decir, o si tuviéramos, ya otro en algún ayer lo dijo, tan perfecto que más que sorprender asusta. Por eso y porque de cuentos como éste, pero precisamente como éste, la vida construye su argumento, lo transcribo para que nadie piense que puede volver a decirlo.

La noche de la cocina – Carlos María Gutierrez

Pensé que el mejor tango que hicimos juntos no lo escribí yo, ni él tampoco.
La última madrugada me llamó a las tres, desde el sanatorio. Le habían colocado un teléfono en el cuarto, porque en esos días ya lo dejaban que se sacara todos los gustos. “Gordo”, me dijo y se me fue todo el sueño y me senté en la cama con los pies colgando. Yo había dejado de pensarlo con un teléfono a mano y tampoco me lo imaginaba en el auto, ni sentado en el café con pepe, Barquita y la Nena, esperándome para la generala, o entrando en casa con la botellas de chianti, mientras gritaba que no sancocharan los ravioles, bárbaros, y nos llenaba esta misma cocina de barullo, probando las letras nuevas con voz de tenorino y destapando cacerolas.
Me dijo “gordo” así, como triste. Le pedí que esperase y me vine aquí con el teléfono, para no despertar a la Nena, aunque ella duerme pesado y ni sueña. “¿Dónde estás?” le pregunté, creo, o “¿De dónde llamás?” Imaginate qué gil estaba yo esa madrugada, después de tres horas de trabajo en la milonga y dos de copas con los otros giles. Me desconoció: “¿Sos vos, Gordo?” “ Y claro, zanahoria” le dije, porque quién iba a ser a esa altura de la matina. Pero le metí todo el cariño en el “zanahoria”. Entonces me explicó que estaba pasando la noche en blanco, sin dolores y piola-piola, lástima que la enfermera era una vieja vinagre y no quería traerle lápiz y papel, ni dejarle la luz encendida, por los reglamentos. De todos modos, me dijo, había armado de memoria, sin monstruo, la letra del mejor tango que hemos hecho, Gordo, del mejor que haremos hasta que estemos todos muertos.
Sentí frío en esta cocina, toda blanca, otro sanatorio. Seguí callado. “Gordo”, se asustó él, un poco. “Decímela”, le mastiqué bajito y empezó a recitarla por el teléfono, a las tres de la mañana, igual de bajito. “Es por si oye la vinagre”, aclaró antes, pero él sabía también que era por su vergüenza de inventar tanta hermosura y tanta pena, como siempre.
Al quinto verso yo tiritaba y lo frené. Que aguantara un minuto, mientras yo iba a buscar un abrigo. Pero al salir ya me había olvidado y traje el fueye, solamente. “Dale”, le avisé, con el tubo apretado entre la oreja y el hombro, sentado en ese taburete blanco donde vos estás ahora, buscándole el tono y meta talón, como si estuviera en la milonga, cuando llega mi solo y dicen, no sé, que bramo o que me río para adentro con los ojos cerrados.
A veces se le cortaba la voz y tosía mucho, pero no me negó ninguna repetida de verso. Yo gatillaba notas bajas por la izquierda si el frío venía bravo y cuando a él se le quebraba la garganta mandaba un picado brillante para aguantarlo, pero qué iba a poder yo en esta cocina o morgue, si del otro lado estaba la muerte canturreando su propio tango.
No me preguntés cuánto estuve con el fueye queriendo escapárseme de las rodillas, caliente como no lo había oído nunca, mientras en el teléfono me recitaban los versos de un misterio. Hasta que el instrumento se aflojó, quieto, respirando. El gato se me vino a refregar en las piernas, con el lomo erizado.

“Gordo”, dijo la voz, allá. “Cortá un rato, que te llamo para darte una sorpresa”, le pedí. Y empecé a pasar todo el tango, como me había crecido de aquel frío, de aquellos versos y de aquel canturreo, hasta acabarlo. Pensé, lo juro: “¿Quién soy, entonces?” Lo pasé otra vez y tampoco me vino la respuesta, aunque por lo menos pude llorar. Disqué el número del sanatorio pero la telefonista nocturna que no, que el señor no podía ser molestado a esa hora, orden médica. La estúpida debió pegarse un susto cuando empecé a gritar (y los sollozos me dejaban ronco y el fueye pedía con unos alaridos terribles que no se muriera nadie) porque me comunicó.
“¿Y?”, me dijo él. “Escuchá”, le dije. Ya era casi de día y la cocina estaba de un gris sucio. Puse el tubo en esta mesa, arrimé el taburete para afirmar el pie encima y largué el tango todo de una vez, porque a lo mejor ya no había tiempo para despedirnos. El fueye me tapaba la voz, que la tengo chica, pero lo fui cantando verso a verso y cuando solté el fraseo de mano izquierda esta cocina retumbaba como una catedral. Porque era la parte donde estaba la muerte y la tapé de música y de amor, como si el amor y la música pudieran asustarla y que se fuera. Piqué los dos compases finales, desinflé el fueye y me quedé aquí, con un temblor. El gato estaba parado en un sol recién nacido que pegaba en las baldosas.
Entonces puse el instrumento en el suelo, colgué el tubo del teléfono sin hacer ruido y vi a la Nena recostada en al puerta, con los ojos secos, despierta desde hacía horas sin decirme nada.
“Vení a abrazarme fuerte”, dijo la Nena. Y yo fui.

jueves 21 de febrero de 2008

Yo nací en el 60 (IV) Tiranos temblad


Banksy


Muchas veces escuchamos a mi padre en la cena familiar, relatarnos pedazos de la historia, de guerras pasadas, de mi abuelo, un emigrante que había dejado su país natal en el viejo continente después de la primera guerra mundial en busca de otros horizontes más pacíficos, de éste nuestro país, que alguna vez había sido la “Suiza” de América, y nunca imaginamos, en aquellas noches frías templadas por el fuego de la leña, que el invierno en nuestras vidas llegaría tan de pronto y tan sin darnos cuenta.
Un largo invierno, implacable y apenas comprensible, de ausencias, dolor y muerte.

La ciudad cambió, los árboles que antes exhibían su follaje con orgullo nacional fueron podados, todos lo que estaba quieto se pintaba de blanco y todo lo que se movía era sospechoso. Las bibliotecas de las casas, con aromas del pasado, fueron desmanteladas, porque el conocimiento, la curiosidad y la polémica siempre estaban en movimiento. Y nosotros, varones de pelo largo y niñas de minifalda tuvimos que domesticarnos, formar filas, y protestar en silencio.

Pero la ingenuidad y la inocencia de toda aquella juventud abruptamente interrumpida pudieron más. Y así, sin anuncios, ni decretos ni comunicados que nos obligaran, formados en filas, con polleras largas y pelos cortos, cantábamos dedicando toda nuestra rebeldía contenida a las estrofas más impertinentes de nuestro Himno Nacional, “Tiranos temblad”

miércoles 20 de febrero de 2008

Yo nací en el 60 (III)



A la loca de mi cuadra todos los vecinos se turnaban para cuidarla. Esa noche le tocó a mi madre. Cuando volvió a casa, ya habíamos cenado y la estábamos esperando. Abrió la puerta y lo vimos claro, tenía esa mirada, que lo decía todo pero que no explicaba nada.
Fue la vez que mi padre dijo basta y nosotros nos sentimos aliviados. Estábamos seguros que si mi madre seguía cuidando a la loca de la cuadra iba a terminar ocupando su lugar.
Esa noche, a Berta se le ocurrió salir a caminar y salieron. Apenas bajaron las escaleras que daban a la calle lo vieron, era un hombre fuerte y corpulento y caminaba delante de ellas.
Berta fue la primera en darse cuenta, porque además de loca era muy inteligente.
- mirá - le dijo, mirá como se mueve, te das cuenta, mirá sus movimientos, es como si le faltaran las articulaciones, va durito, parece un robot, pero a mi no me engaña, es un extraterrestre. Mi madre tardó unos minutos, pero finalmente lo vio, justo cuando él pegaba la vuelta en la curva, fueron apenas unos segundos hasta que desapareció, pero Berta tenía razón, se movía como un robot, efectivamente ese hombre, era un extraterrestre.

El hombre y sus circunstancias


Esa mañana ella se levantó muy temprano y preparó minuciosamente la ropa que se pondría. Nada de lo que llevara debía contener elementos metálicos. Encontró una falda larga con elástico en la cintura, una camisa con botones de carey y un abrigo de cuero.
Mientras se vestía pensó que su relación con ese hombre, el padre de sus hijos, había cambiado para siempre.
Él era o había sido un héroe de guerras pasadas, había sufrido la persecución, la cárcel y la tortura, y muchos de los que habían salvado sus vidas gracias a su heroísmo podían dar fe de ello.
Ella sin embargo, era una mujer cualquiera, como hay millones en el mundo. No había nada en su pasado, ni hechos ni actos de los que hubiera que dar fe.
Pero esa mañana se preparó minuciosamente, no quería que nada saliera mal.
Los dos habían cobrado un dinero que no habían declarado y debían cruzar la frontera para llevarlo a casa.
Él había sido muy claro. No estaba dispuesto a correr el riesgo, la cárcel nuevamente, no era una opción en su futuro, pero ella decidió hacerlo, y además pensó que era comprensible que ese hombre, el padre de sus hijos no quisiera hacerlo.
Esa mañana, mientras se preparaba minuciosamente algo había cambiado, porque ese hombre, el padre de sus hijos, héroe de otras guerras, había decidido que el lugar del héroe debía ocuparlo ella.
Esa mañana, en esas precisas circunstancias, ambos eligieron, él con su vida, tantas veces golpeada, torturada y entregada por otras vidas y en otras guerras, y ella, una mujer como cualquier otra.

martes 19 de febrero de 2008

Un mundo perfecto


Hay días, no son muchos, no son todos, ni siquiera son la mayoría, en que me gustaría poder ser aquella niña que jugaba en la vereda al volver de la escuela, que lloraba por la indiferencia del vecino de la cuadra, que se reía mirando al chapulín colorado o se moría de ternura con el chavo del 8 y que soñaba irremediablemente con un mundo perfecto.
Pero hay días, que son muchos, en que hay que vestirse de grande, salir a la calle, y enfrentar la vida. El mundo que ya no es perfecto ni en sueños, amanece cada día para desafiarnos y volver a anochecer.

Queda esa facultad incoercible de soñar.
Y transfigurar la realidad, dentro de esa incapacidad
De aceptarla tal como es, y esa visión
Amplia de los acontecimientos, y esa impresionante

E innecesaria presencia, y esa memoria anterior
De mundos inexistentes, y ese heroísmo
Estático, y esa pequeñita luz indescifrable
A la que a veces los poetas dan el nombre de esperanza.

Vinicius de Moraes

domingo 17 de febrero de 2008

El sur también existe

Mafalda


Nos habíamos propuesto reencontrarnos. Vivíamos y aún lo hacemos a miles de kilómetros de distancia, en distintos hemisferios, para ser más precisa.
La propuesta más sensata fue la suya, al sugerir buscar un punto intermedio que no obligara a ninguno de los dos a la pesadilla de un largo viaje.
Una vez definida la ciudad, ese lugar del mundo al que sin dudas yo iría a su encuentro, y él quizás se atrevería, empezamos a pensar en los aviones y los vuelos, en la primavera o en el otoño, cuando de pronto él se sorprendió de la absurda imagen a sus ojos de un avión viajando por los meridianos. Desde su punto de vista, al que yo llamo euro centrista y él describe como pura lógica geométrica, los aviones viajan en el mismo sentido en que la tierra gira, sin embargo, para mí, pensar en un avión, es pensar en un objeto que sube o que baja desde el cielo para llevarnos por el mundo y devolvernos al hogar.
Él no se atrevió y yo me sorprendí pensando que tal vez mi visión, que no era ni geométrica ni euro centrista, aún no había del todo comprendido esa maravillosa metáfora de Joaquín Torres García, que al invertir la imagen del globo terráqueo nos proponía un norte en la vida, profundizar en nuestro Sur.
Si él se atreviera algún día, yo iría sin dudarlo a su encuentro, en cualquier estación a no importa qué ciudad de éste nuestro maravilloso Sur.

sábado 16 de febrero de 2008

Decir no


Auguste Rodin

Se despertó sobresaltada por el timbre del teléfono. Confundida, porque en la oscuridad de esa habitación no reconocía la exacta ubicación de los objetos, manoteó el tubo y atendió. Del otro lado, una voz dulce y pausada dijo – soy yo Martín, y voy a subir.
Minutos después Martín golpeó la puerta de su cuarto del hotel.

Se habían conocido en la fiesta de inauguración, pero él ya la quería desde antes, desde el momento en que la vio subir al tren y caminar por los pasillos.
Durante la fiesta y cuando tuvo la oportunidad, se presentó, casi al mismo tiempo en que salía en su defensa. Su compañero de viaje la había atacado con ironías que repartía como cartas de presentación en esos eventos. Ella, agradecida le sonrió. Conversaron mucho esa noche, él visiblemente emocionado y ella gratamente sorprendida por ese hombre ligeramente más joven que no encajaba en esa fiesta. Su conocimiento de Borges, su amor por la poesía de Girondo y su pasión declarada por Ramón Gómez de la Serna no eran moneda corriente.
Con los últimos acordes, se fueron retirando los invitados, que decidieron camino del hotel, continuar la fiesta en otra parte. A ella le esperaba una larga jornada de trabajo y decidió retirarse. Se despidió de todos, caminó hacia el ascensor y al sacar las llaves de su bolsillo se le cayó un encendedor. Él, que la miraba desolado mientras partía, se agachó rápidamente para alcanzárselo y se apartó, obligándola a seguirlo. Y allí, ensayando unas disculpas que nadie había pedido, le dijo varias veces, - no puedo, no puedo, me encantaría, pero no puedo.
Ella no entendió, pensó que aquel encendedor descartable no era tan valioso, y que él no necesitaba disculparse por quererlo. - ¿qué no podés?
El le contestó con ternura y resignación, como explicando lo evidente - pasar la noche contigo.

Cuando ella, mal dormida, abrió la puerta de su cuarto del hotel, él volvió a repetir que no podía, porque su mujer, a quien él amaba tanto no lo merecía.
Entró al dormitorio, se sentó en el borde de la cama y le dijo que quería hablar, de algo, cualquier cosa, de literatura, de proyectos, de la vida y del amor en general, de lo que fuera, y tal vez más tarde de sus remordimientos.
Esa noche durmieron juntos, pero lo que su mujer no se merecía, había sucedido antes, justo cuando él la vio subir al tren y caminar por los pasillos, cuando deseó haberla conocido en otro tiempo y en otro lugar de un ayer imposible.

Con las primeras luces de esa ciudad desconocida para ambos, él se marchó a su habitación. Al abrir la puerta se sobresaltó con el timbre del teléfono. Era su mujer, quería escuchar su voz porque se había despertado inquieta, lo había sentido distante y lejano, y quería decirle que lo amaba.

Decir no
decir no
atarme al mástil
pero
deseando que el viento voltee
que la sirena suba y con los dientes
corte las cuerdas y me ararstre al fondo
diciendo no no no
pero siguiéndola.

Idea Vilariño

jueves 14 de febrero de 2008

Y el amor...

Picasso


Sería en agosto el 9, a la hora en que se despierta.- (le dijo)
Algunos asuntos lo desnivelan, pierde hasta el criterio de ayudarse con el diccionario, entre otros criterios que ha perdido hace algún tiempo. En realidad tiene ganas de hablar, en realidad no se anima, busca almarse de nuevo pero sin desalmar.
La historia que está propuesta no puede seguirla, los dedos fríos tiene la historia, pero la historia parece que lo retiene.
¿Alguien está por ahí?

Busco entre la montaña de papeles, algo, alguna cosa, un palabra, esa palabra, un gesto dibujado entre tantos escombros y lo encuentro. Y entonces pienso que valió las penas, el fracaso, y el dolor de ya no ser.
Recuerdo un poema, “tenías que llegar y darme vida, como un licor amargo, seco y fuerte” y sé que seguirá llegando, con el licor amargo, seco y fuerte para almarse desalmando. Sabe que está herido desde siempre y por las noches, sin disfraz ni maquillaje hará promesas imposibles. Ha dejado en el baúl de los recuerdos residuos de un pasado enamorado, el alma expuesta y sin corteza, y su voz entrecortada de alegrías y derrotas. Su palabra, soberbia esgrimida en defensa de un bastión tantas veces arrasado, será, para siempre, su lugar. Lo que queda de su virgen corazón, quedó aquí, conmigo.

martes 12 de febrero de 2008

¿Qué sería de nosotros?

Juan Gris


Husmeando en otras casas y leyendo lo que se comenta, si uno no sabe leer entre líneas, podría concluir ligeramente que el universo virtual está poblado de seres solitarios, hambrientos de un espacio sin límites, náufragos a la deriva de tierras despobladas, que buscan el encuentro cara a cara con ese otro que será, la imagen en el espejo de la vida. Son muchos, y repiten sin eco, que escriben para sí y ante sí.
Permítanme dudar. Creo, aunque debo y puedo equivocarme, que todo lo que escribimos y decimos, es siempre un grito de socorro, la necesidad de constatar que estamos solos entre muchas soledades.
Gritamos, gemimos, aullamos de odios y de amores, de alegrías y tristezas, de sorpresas y temores y ¿que sería de nosotros sin el eco del sonido?
Escribimos, como seres al acecho, esperando la presa, que nunca alcanzaremos, porque pensar la vida y vivirla no es la misma cosa.
Sin embargo, en el camino, la vida y su revés, seremos, murmurando palabras al oído de algún desprevenido, y el espejo se abrirá en mil pedazos. Y entonces ellos, levantarán su mano, y unirán palabras de forma inexplicable, para decirnos: aquí estamos.

¿Qué sería de nosotros si no existiéramos en la memoria y la nostalgia de alguien, que alguna vez abrió las páginas del libro de nuestra vida?

“Creo que toda mi literatura reiteraba la vieja y tonta necesidad de tener un amigo y confiar.”
Juan Carlos Onetti - Dejemos hablar al viento

Perplejidades


Renoir


Cuando abrió sus inmensos ojos negros y me miró, ella y yo lo comprendimos todo. Ellos dicen que no miraba nada, pero yo sé que me buscaba a mí. Inauguraba el mundo, el suyo, su vida, su futuro posible de amores, de ternuras, de caricias y sonrisas, buscando un punto de partida, un refugio para afirmar su mirada, y lo encontró. Llegó, como llegan las flores en primavera, como llega el día al terminar la noche, como llega el amor cuando se es virgen, desbaratando el mundo y sus certezas, la perplejidad de un dolor imposible y el abismo de la soledad.
Ya no seré sin ella, y su mirada recién estrenada del mundo y sus colores, virgen de dolores y alegrías, se sumergirá en las largas noches que vendrán después del día y que serán, su vida.

Comienzan a escasear las sorpresas, tan abundantes cuando se avanza tanteando, palpando con dedos tímidos y todavía inocentes el mundo, sus asperezas y sus blanduras acogedoras.

Juan Carlos Onetti – Cuando ya no importe.

lunes 11 de febrero de 2008

Yo nací en el 60 (II)

Van-Gogh

Los veranos eran una fiesta, la casa vieja de una chacra que ya no era, la cocina de aromas dulces, un gran living en el que la mesa familiar tenía lugares para todos, las noches de faroles y fogones, y las cuchetas que preludiaban diálogos nocturnos entre cortinas que no escondían nada. Un cuadrado perfecto y en cada una de sus puntas una habitación.
Las siestas soleadas y el vaivén de las hamacas a la sombra de los pinos, las duchas al aire libre cuando el cielo lloraba y nosotros, uno tras otro, llevándonos la inundación.
El viejo tajamar, repleto de mitos y recuerdos, el bosque que encerraba el humo de nuestros primeros cigarrillos y la cabaña de madera, reservada para ellos, que traían los días de fiesta.
Nadie nos creyó la tarde que los cuatro empezamos a gritar como energúmenos, que nos perseguía un enorme chancho negro. Tuvimos que esforzarnos mucho para desbaratar la siesta familiar. Pero valió la pena, porque había que ver a aquellos dos hombres grandes persiguiendo a un chancho negro, y a dos mujeres grandes temiendo por sus vidas.
Veranos de ciruelos y naranjos, de limoneros y papiros, de jazmines y eucaliptos, que se fueron consumiendo con la primavera de nuestra infancia.

Secretos

¿Quién es Isabel? – pregunté con toda la inocencia del mundo.
Tenía 10 años, y había vivido entre sonrisas y caricias, rodeada de fantasmas que no tenían nombre.
Isabel era mi hermana. Murió pocos días antes de que yo naciera. Su nombre era el secreto mejor guardado entre los escombros del pasado, pero no me sorprendió cuando me lo contaron, hay secretos que habitan entre los vivos y pueblan su presente.
Y de pronto comprendí, que mi madre, entre amores y dolores, y a pesar de su infinita presencia ausente, había alimentado nuestra infancia con los despojos involuntarios de su alma. Isabel, había enterrado con su cuerpo, nuestro futuro de esperanzas inciertas, y nos dejó la tristeza que poblaba las paredes de mi casa, justo cuando supo, a pesar de sus tres pequeños años, que mi madre debía volver a casa. Dicen que dijo poco antes de morir, - mami, andate, no me gusta verte triste.
Me gusta imaginar la mujer que hoy sería, pero la nostalgia obstinada del pasado, se niega al rostro adulto de aquella niña que fue y que no será más.

El país de los sueños

Kandinsky

El país de los sueños no tiene fronteras ni gobiernos, no tiene jueces ni verdugos, no tiene límites y sin embargo…
Lo he visto tantas veces, allí, en esa misma plaza, en esa misma esquina, esperándome, con una sonrisa tierna, una lágrima en los ojos y un beso que será de despedida. Y volveré a él, a esa plaza, a esa esquina, a reinventar sonrisas, lágrimas y besos de una despedida imposible.


Del país de los sueños – Enrique Lhin

Cientos, cientos de veces te encontraré a la vuelta
de la memoria abundante en esquinas
en la enrarecida atmósfera del país de los sueños
en que no hay cosa que no esté hecha de nada
Me harás, sin verme, un saludo con la mano, pues de los dos yo seré el único
en vernos y no tú la buena amiga de los años reales.

Además allí, en la nada, encuentros y desencuentros
¿en qué se diferencian? El diálogo es su simulacro
hecho de las palabras recordadas. La que esté allí
es sólo una visión a la espera de un taxi de hace diez o quince años
sin haber envejecido porque en ese país
no se vive ni se muere, con tu vestido pasado de moda
remedo de algunas escenas que habríamos podido vivir juntos si todavía fuéramos reales
Y sentiré lástima de mí y me invadirá como si fuera el amor
el recuerdo vacío de estas lágrimas.

domingo 10 de febrero de 2008

Yo nací en el 60 (I)

Calle de Montevideo


“Mi infancia son recuerdos…” de un barrio de Montevideo, en el que sus calles se vestían de fiesta cuando volvíamos del colegio, a las 5 de la tarde.
En mi calle nos conocíamos todos, la loca del 1° del edificio de enfrente, a la que venían a buscar cada tanto con un chaleco de fuerza, los “pitucos” de al lado, que tenían la casa más grande del barrio con pileta y cancha de tenis, los fachos de la esquina que nos miraban de reojo porque éramos escandalosos, y todos los demás, nosotros, imberbes felices que tomábamos la calle por asalto, niños sin televisión ni computadora, que nos inventábamos la vida a cada rato.
Así nos hicimos amigos del sereno de la obra de la cuadra, que nos construía chatas para tirarnos calle abajo si le comprábamos los rulemanes, así combatimos desde un refugio de madera que construimos en el viejo orejero que habitaba la vereda de nadie, así fuimos noticia del País Cultural una tarde de domingo, jugando carrera de chancletas con el agua de un caño roto en la calle, así regresábamos en la tardecita, al último y definitivo llamado de atención, a casa, al baño y a la cena en la mesa familiar.
La primera televisión en blanco y negro llegó al barrio como una novedad que fueron imitando poco a poco todos sus pobladores. Cuando nos tocó el turno en casa, sólo podíamos ver “hechizada”, era el postre después de la cena y antes de ir a la cama. Y al caer la noche, ya sólo se oía el murmullo de la charla de los adultos, y el canto de los grillos en el fondo de la casa.
Por aquel entonces, el Uruguay empezaba a cambiar, pero nosotros, niños imberbes, nos manteníamos ajenos aún, a la larga noche que vendría a golpearnos definitivamente y a derribar nuestro mundo de cometas que se remontaban al viento.


AMANECER - Jorge Luis Borges

En la honda noche universal
que apenas contradicen los faroles
una racha perdida
ha ofendido las calles taciturnas
como presentimiento tembloroso
del amanecer horrible que ronda
los arrabales desmantelados del mundo.
Curioso de la sombra
y acobardado por la amenaza del alba
reviví la tremenda conjetura
de Schopenhauer y de Berkeley
que declara que el mundo
es una actividad de la mente,
un sueño de las almas,
sin base ni propósito ni volumen.
Y ya que las ideas
no son eternas como el mármol
sino inmortales como un bosque o un río,
la doctrina anterior
asumió otra forma en el alba
y la superstición de esa hora
cuando la luz como una enredadera
va a implicar las paredes de la sombra,
doblegó mi razón
y trazó el capricho siguiente:
Si están ajenas de sustancia las cosas
y si esta numerosa Buenos Aires
no es más que un sueño
que erigen en compartida magia las almas,
hay un instante
en que peligra desaforadamente su ser
y es el instante estremecido del alba,
cuando son pocos los que sueñan el mundo
y sólo algunos trasnochadores conservan,
cenicienta y apenas bosquejada,
la imagen de las calles
que definirán después con los otros.
¡Hora en que el sueño pertinaz de la vida
corre peligro de quebranto,
hora en que le sería fácil a Dios
matar del todo Su obra!


Pero de nuevo el mundo se ha salvado.
la luz discurre inventando sucios colores
y con algún remordimiento
de mi complicidad con el resurgimiento del día
solicito mi casa,
atónica y glacial en la luz blanca,
mientras un pájaro detiene el silencio
y la noche gastada
se ha quedado en los ojos de los ciegos.

Hay golpes en la vida, tan fuertes

Vermeer
Fue larga la agonía, y la distancia que pretendí tomar a lo largo de ésos años no alcanzó para ponerme a salvo. ¿De qué? De lo que todos repetían a modo de consuelo, como si la constatación o la evidencia lo convirtieran en algo aceptable, y como si no lo hubiera sabido nunca, como una novedad recién aprendida, al mirar su rostro en el que la vida no había dejado surcos me transportaba a sus épocas de altivez y poder, y pensaba ¿entonces la vida no es una fuente inagotable?
Aún respiraba, y aunque lejano, porque había renunciado al combate, se disculpaba por el dolor de su ausencia definitiva. Y era tan grande su poder, que sin poder dominar ya más con la palabra, seguía imponiendo con su presencia la verdad y la fe de encontrar entre sus brazos un refugio posible.
No era perfecto, y la muerte no lo enalteció, porque no era necesario. Era una de esas raras personas a quienes muertas no hay que perdonar. Me enseñó de la libertad de ser hombres y mujeres, del amor a pesar de diferencias y discrepancias, de la lealtad como un valor en desuso pero posible de rescatar, de la vida en general como la única batalla digna de pelear.
No quería morirse, se resistía, peleaba, cada mañana medía sus fuerzas y la dignidad perdida de su cuerpo inútil se enfrentaba a su deseo de permanencia. Y cómo se lo agradezco, porque la suma de todos los días y las noches de mis 42 años con él, de ternuras y cariños, de confrontaciones, de encuentros y desencuentros, de reflexiones y arrebatos, de amores y odios, se transformaron en la gruesa línea, que será para siempre imborrable y que separa el hoy del ayer.
Extraño sus mimos, sus brazos fuertes cuando la vida es dura, su mirada cómplice de alegrías y dolores compartidos, su presencia en esta ausencia que se ha vuelto definitiva. Y aunque lo seguiré extrañando siempre, con el transcurso del tiempo el recuerdo mitigará el dolor, y yo habré rescatado la alegría de haberlo conocido.
LOS HERALDOS NEGROS – César Vallejo

Hay golpes en la vida, tan fuertes... Yo no sé.
Golpes como del odio de Dios; como si ante ellos,
la resaca de todo lo sufrido
se empozara en el alma... Yo no sé.


Son pocos; pero son... Abren zanjas oscuras
en el rostro más fiero y en el lomo más fuerte.
Serán tal vez los potros de bárbaros atilas;
o los heraldos negros que nos manda la Muerte.


Son las caídas hondas de los Cristos del alma,
de alguna fe adorable que el Destino blasfema.
Esos golpes sangrientos son las crepitaciones
de algún pan que en la puerta del horno se nos quema.


Y el hombre... Pobre... pobre! Vuelve los ojos, como
cuando por sobre el hombro nos llama una palmada;
vuelve los ojos locos, y todo lo vivido
se empoza, como un charco de culpa, en la mirada.


Hay golpes en la vida, tan fuertes ... Yo no sé!

sábado 9 de febrero de 2008

Caminos cruzados

Pelusa- Villa Fiorito

El 24 de junio del año 2000, estaba regresando de Madrid a Montevideo en un vuelo que hacía escala en San Pablo.
Por ese entonces mi fobia a los aviones estaba en pleno apogeo.
Cuando llegó la hora de volver a embarcar en San Pablo, me dije que por fin, que ya sólo me quedaba un despegue y un aterrizaje.
Subí al avión, ocupé mi asiento y esperé. La tripulación se disponía a hacer las maniobras necesarias para el despegue. Pero algo andaba mal. No sabía qué, aunque podía olfatearlo. Algo estaba sucediendo y se percibía en el ambiente.
Mi compañero de asiento terminó por malograr la poca serenidad que me quedaba. Estaba francamente ofuscado porque le habían cambiado el asiento, ambos viajábamos en la primera fila del avión en clase ejecutiva, en el ala izquierda, y él llevaba meses reservando la primera fila del ala derecha. ¡Oh cielos qué horror! Me costaba entender su irritación tal vez tanto como a él mi fobia, que evidentemente ya había detectado.
Cuando parecía ya que estábamos todos los que teníamos que estar, y esperábamos que las puertas se cerraran, entran al avión abruptamente seis personas más. Dos hombres prolijamente vestidos de negro se sentaron atrás nuestro, otros dos, igualmente vestidos, traían en andas a un quinto, a quien literalmente tiraron en el asiento que meses atrás había reservado mi ocasional compañero. Un sexto hizo su aparición.
Inconfundible, aún para quien no mira fútbol, el mismísimo Guillermo Coppola, todo un dandy, de pies a cabeza.
Finalmente comprendí que la fobia aún no me había vuelto loca. Todo aquello, incluida la sensación de que algo andaba mal, no era una alucinación. Coppola y los cuatro guardaespaldas, no eran más que la humilde comitiva de Diego Armando Maradona, el hombre que dormía tirado en el asiento que ya llevaba su nombre.
Todo lo que vino después, debo confesar, me distrajo durante el trayecto.
La tripulación tuvo enormes dificultades para lograr que Diego pusiera el respaldo en posición vertical, pero Guillermo con una infinita ternura y paciencia, lo logró.
De Diego, no supimos nada durante el viaje, pero el Dandy, no dejaba de pasearse por el pasillo, entorpeciendo el trabajo de la tripulación, que nada podía objetar.
Pero aquel alboroto no podía ser suficiente emoción para un vuelo fóbico de regreso a Montevideo, el clima debía aportar lo suyo. A los 40 minutos de haber despegado, el capitán del vuelo da la orden de suspender el servicio de abordo y de abrocharse los cinturones. Había mucha turbulencia, el avión pegaba saltos y las bandejas con comida se desparramaban por el pasillo.
Mi compañero, ya con algunas copas y un gran sentido del humor, dice: - pah, mirá si el avión se cae con la tormenta, nos vamos a morir todos pero en los diarios sólo van a hablar de Maradona!!!
Después de la bronca y el estupor, y ya entregada a una muerte segura que nada que yo hiciera podría evitar, pude recobrar la calma perdida y pensar.
Y después de pensar en Diego, esa masa de carne tirada en el asiento, que no lograba despertar de una larga noche de drogas y alcohol y que pocas horas después tendría que jugar un partido de fútbol en el Estadio Centenario, que alguna vez en un pasado muy remoto había sido el Pelusa, un chico feliz y humilde de barrio con unas piernas de oro que de pronto se convirtieron en el oro de sus piernas, que creyó que podría comprar el mundo mientras el mundo le ponía precio a su cabeza, y en Guillermo, su lúcido cancerbero, que había despertado antes de dormirse, y controlaba todo, incluso esa muerte probable, y en mi compañero, ese ilustre desconocido que sólo anhelaba una muerte en titulares, pasé a pensar en mí, en mi vida, en mis hijas, y en la angustia infinita de morirme sin saber, si sabían con certeza que las amaba.
Llegamos a Montevideo, nuestros destinos volvieron a separarse y cada uno a lo que hay que hacer. Diego jugó el partido en homenaje al Pato Aguilera, mi compañero, ilustre desconocido lo siguió siendo, la muerte de Rodrigo estuvo en todos los titulares de los diarios , y yo, podré para siempre morirme sin angustias, mis hijas saben que las amo.

viernes 8 de febrero de 2008

Carnaval I



Soy un ciudadano disfrazado de inmortal

cambio de planeta en un camión de celofán

otro ser humano en el espejo del carnaval.

Se desploma el telón de la bacanal

es la eterna función de la humanidad

no hay más adiós, no hay más final

es siempre el comienzo

los hombres partiendo y volviendo a llegar.


Agarrate Catalina 2007

¿Qué dirá el Santo Padre?

¿Abortar es matar?

Se ha escrito mucho a propósito del aborto, y esto es especialmente cierto cada vez que un país se enfrenta a una batalla electoral.
Casi todo lo que debía decirse fue dicho de una y mil maneras diferentes, aunque no todas las voces hayan encontrado el mismo espacio para expresarse.
Pero hoy, pensando en todos los hombres y mujeres, obispos, párrocos y cardenales que se manifiestan públicamente y con tanta vehemencia en contra de la legalización del aborto, me preguntaba si se manifestaban también con la misma vehemencia, en contra de las políticas que condenan a una muerte trágica y segura a miles y miles de niños nacidos a causa del hambre.
Diariamente elegimos nuestras batallas, las que pelearemos y las que resignaremos, decidimos qué cosas o hechos de nuestras vidas ocuparán un lugar sustancial y cuales podrán ser relegadas a un papel secundario.
¿Cómo es posible que aquellos que decidieron dar la batalla por los derechos de los nonatos no se revuelquen en el lodo dando la batalla por aquellos que ya nacieron y que están muriendo?
Si abortar es matar y podemos señalar al asesino con el dedo, dejar morir de hambre a miles, es un genocidio, y somos todos cómplices.
Frei Betto escribió en un artículo a propósito del aborto:
La opción de abortar es moral y política. Puede ser encarada desde el ángulo del poder del más fuerte sobre el débil. Tan débil que pueden encontrarse justificaciones científicas para negarle el título de humano. Para la genética el feto es humano a partir de la segmentación. Para la ginecología-obstetricia desde la anidación. Para la neurofisiología sólo a partir de la formación del cerebro. Y para la sicosociología cuando se da una relación personalizada. En resumen, el feto es una especie de subproletariado biológico: tan reducido a su impotencia que no puede siquiera rebelarse ni protestar. (…) Comparto la opinión de que desde la fecundación ya hay una vida con destino humano, y por lo tanto histórico. En la óptica cristiana la dignidad de un ser no se deriva de lo que es sino de lo que puede llegar a ser. Por eso el cristianismo defiende los derechos inalienables de los situados en el último peldaño de la escala humana y social.”
¿En qué peldaño de la escala humana y social están los relegados y marginados del planeta a los que matamos después de haber nacido? ¿Qué dirá el Santo Padre que vive en Roma? El que oficia la muerte como un verdugo tranquilo esta tomando su desayuno.

jueves 7 de febrero de 2008

De ahora en más.


Por lo que a mí respecta, no soy feliz ni desdichado; vivo en suspenso como un cabello o una pluma en la amalgama nebulosa de mis recuerdos. He hablado de la inutilidad del arte, pero no he dicho la verdad sobre el consuelo que procura. El solaz que me da este trabajo de la cabeza y del corazón, reside en que sólo aquí, en el silencio del pintor o del escritor, puede recrearse la realidad, ordenarse nuevamente, mostrar su sentido profundo.
Lawrence Durrell – Justine – El Cuarteto de Alejandría

Aquí estoy, en ese momento de la vida en que retroceder es ya imposible y para avanzar hay que saber a dónde. Uno se impone tareas, y las va cumpliendo, pero llega ese momento preciso en que ya no hay más excusas, en que los acontecimientos particulares se detienen, como lo hacen las ruedas cuando dejan de girar. De ahora en más, habrá que inventarse el sentido de la vida, que no serán los otros, los que vinieron después de mí y conmigo, que no será mantener con vida y respirando un cuerpo, que no será el deseo de poseer al objeto amado, que no será el anhelo de perdurar después que el alma se plante en retirada.
Será, tal vez, escudriñar, con la mochila del pasado, en este futuro que se vuelve presente a cada paso.

Un cuerpo es el libro en que se leen

Pablo Picasso


Almorzábamos juntas casi todos los días, en la hora que podíamos escaparnos del trabajo. Entre las tres estaba bien representado el clásico muestrario de la tipología femenina. María era la más joven, y a pesar de sus crisis tardías de adolescencia, tenía fe en el proyecto: pareja, matrimonio, hijos. Pilar y yo, ya llevábamos la mitad del recorrido esperable. Pilar, la excepción a la regla, su matrimonio cumplía ya 25 años. Yo, una más en la multitud, mi matrimonio había sobrevivido tan sólo lo esperable.
Ese día, Pilar nos sorprendió. -¿Con cuántos tipos se acostaron a lo largo de sus vidas? - preguntó sin más preámbulos.
Pocos minutos después quedó claro que la verdadera pregunta no apuntaba a la cantidad. Y agregó – no sé cuándo, pero sé que antes de morirme quiero al menos acostarme con otro hombre que no sea Manolo.
Para mi, fue como un rayo de luz en la interminable noche, después de tanto tiempo y miserias, había descubierto, que mal que me pesara, cada uno de esos cuerpos había construido, a partir de los escombros, los cimientos de mi futuro incierto.

Pandémica y celeste – Jaime Gil de Biedma

Imagínate ahora que tú y yo
muy tarde ya en la noche
hablemos de hombre a hombre, finalmente.
Imagínalo,
en una de esas noches memorables
de rara comunión, con la botella
medio vacía, los ceniceros sucios,
y después de agotado el tema de la vida.
Que te voy a enseñar un corazón,
un corazón infiel,
desnudo de cintura para abajo,
hipócrita lector –mon semblable, mon frère!

(...)
Para saber de amor, para aprenderle,
haber estado solo es necesario.
Y es necesario en cuatrocientas noche
-con cuatrocientos cuerpos diferentes-
haber hecho el amor. Que sus misterios,
como dijo el poeta, son del alma,
pero un cuerpo es el libro en que se leen.

(...)
Sobre su piel borrosa,
cuando pasen más años y al final estemos,
quiero aplastar los labios invocando
la imagen de su cuerpo
y de todos los cuerpos que una vez amé
aunque fuese un instante, deshechos por el tiempo.
Para pedir la fuerza de poder vivir
sin belleza, sin fuerza, sin deseo,
mientras seguimos juntos
hasta morir en paz, los dos
como dicen que mueren los que han amado mucho.

miércoles 6 de febrero de 2008

Correspondencia IV - Regalos

Cartier-Bresson


Amigo mío, fueron dos, y casi al mismo tiempo.
El más caro te causó estupor, más por su precio que por el gesto.
Sin embargo, su valor estaba precisamente allí, al alcance de la mano, en el bucear de tus deseos, en las lecturas detenidas de tus textos, en el estruendo que me provocan tus silencios.
El otro, el que no tiene precio, porque las palabras no se cotizan y las confesiones son incómodas, te obligó a un análisis tan medido como distante.
En ambos casos, algo de mi se va y se pierde contigo.
Tal vez por eso, y ensayando un silencio que ni yo misma comprendo, seguiré de aquí en más, escribiéndote para que no me leas.

Qué inquietud profunda, qué deseo de otras cosas,
que no son países, ni momentos, ni vidas,
qué deseo tal vez de otros modos de estados de alma
Humedece interiormente el instante lento y lejano!
un horror sonámbulo entre luces que se encienden,
un pavor tierno y líquido, apoyado en las esquinas
como un mendigo de sensaciones imposibles
que no sabe quién pueda dárselas...

Sea a esta hora cuando me llevéis a enterrar,
a esta hora que no sé cómo vivir,
en que no sé qué sensaciones tener o fingir que tengo,
a esta hora cuya misericordia es torturada y excesiva,
cuyas sombras vienen de cualquier otra cosa, pero no de las cosas(...)

Cruza las manos sobre las rodillas, oh compañera que no tengo ni quiero tener,
cruza las manos sobre las rodillas y mírame en silencio
a esta hora en que no puedo ver que tú me miras,
mírame en silencio y en secreto y pregúntate a ti misma
-tú que me conoces- quién soy yo...

Pessoa, con su heterónimo Alvaro de Campos

martes 5 de febrero de 2008

Correspondencia III - Ternuras y recuerdos

Querida Litty

Desde hace meses
con inusitada frecuencia
no me deja el cartera cartas tuyas.

Será amnesia del hombre
o tal vez las apile
en un rincón limpio
de su cuarto de soltero
solterón
y algún día me las traiga
cinta rosa
todas juntas
como un banquete
para el olvidado hambriento
que puede imaginarse
desde ahora
una clara catarata
de ternuras y recuerdos.

Juan Carlos Onetti


Yo te escribo correos quizás como una forma de reparar lo irreparable, o de buscar consuelo dónde no lo hay y seguramente tu los recibirás sin saber muy bien qué hacer con ellos, tal vez un poco molesto aunque tengas siempre la delicadeza o el pudor de no decirlo, y enviarás dos líneas breves "te debo correo, te escribo el fin de semana" que yo bien comprendo como una elegante forma de retirada.
Y a pesar de todo, y aunque nada tengas tu que ver con mis locuras, vuelvo a ti, o mejor aún a la imagen de ti y al eco de tus respuestas.
La cinta bien podría ser celeste, pero la olvidada hambrienta puede imaginarse la catarata de ternuras y recuerdos.
Tú, siempre dueño de tus silencios. Yo, esclava de mis palabras.

¿Perder o perder?

Estaba emocionado, - compré una casa, dijo.
Quedamos todos sorprendidos, y después de la sorpresa vino el interrogatorio.
Es un extranjero que ama esta tierra, y por si fuera poco, su arte florece cuando permanece en ella. Le sorprende nuestro asombro cuando alguien manifiesta su deseo de vivir en esta ciudad. Es cierto, nos asombra, aunque somos capaces de ver las virtudes de este pequeño lugar en el mundo.
Un rato después de ponernos al día con las noticias, entendemos que aún no ha comprado la casa, pero ya la siente suya.
Me pregunta: ¿cuánto piensas que debo ofertar por ella?
Le explico que no conozco el valor de las propiedades en esa zona, pero le advierto que debe tener cuidado, “los extranjeros” siempre son personas con dinero, y además, parece haber perdido ya la capacidad de negociar, le confesó al propietario su amor por al casa.
No le gustó mi respuesta, su molestia era evidente, pero no dijo nada.
Al día siguiente recibo un “regalo, un poema que me dedica:

Perdre ou Perdre ?
pour XXXXXX

Il n’y a pas que des monstres
il y a aussi des fantômes des vampires
des cyclopes
et des ogres
et quand tous ceux-là dorment
il y a des démons des striges
des dragons
des spectres
et quand ceux là sont occupés
il y a des griffons des lémures
des loups-garous
et toujours
il y a l’homme
qui contient tous ces gens-là
et qui meurt avant eux.
Et puis, il existe certaines choses invisibles
et doucement innommables
qui ne se peuvent voir
que dans l’ardente et tranquille conscience
du déjà perdu.

E.S. Montevideo, 4 février 2008

Me costó descifrar su molestia, quizás fue la imagen que el espejo le devolvía al hacer la pregunta ¿cuánto piensas que debo ofertar por ella?
Cuando encontramos “un lugar en el mundo” la casa no tiene precio ni valor, deberíamos pagar por ella todo lo que tenemos para entregar a cambio.
Y lo que tenemos para dar es algo que sólo cada uno sabe de sí mismo.

¿Sabés cómo volver a tu casa?

"Cuando últimamente me preguntan cómo me encuentro, suelo contestar 'Feliz'. Y la gente se sorprende mucho al oírme, porque pareciera que, por lo general, nadie suele responder tan breve y enfáticamente a esta pregunta. Supongo que para muchos es una respuesta demasiado sencilla a una pregunta muy compleja. Lo que no quita que sienta cierto temor supersticioso y que, por momentos, no pueda evitar preguntarme si esta confesión tan clara y automática de mi felicidad no acabará funcionando como una llamada a los demonios. En realidad, trato de hablar lo menos posible sobre lo que soy y lo que siento. No me resulta fácil decirlo. Me resulta más sencillo ponerlo por escrito. Tengo una gran confusión al respecto. Casi prefiero que me vayan definiendo los demás... Hasta no hace mucho yo creía que escribir equivalía a empezar a conocerse a sí mismo; pero a medida que va pasando el tiempo me doy cuenta de que nunca sabré quién soy por culpa de escribir. Y es que tal vez la felicidad, la verdadera felicidad, el mejor premio de todos, sea simplemente esto. Mira, ¿sabes que te digo? Que a la larga, la verdad no importa. Lo que importa es saber volver a casa. ¿Sabes cómo volver a tu casa?"

Vila-Matas

¿Sabremos volver a casa? Quizás se trate de esto justamente, como decía Machado, “el andar se hace camino”
Creo, que a diferencia de Vila-Matas, siento la necesidad de saber quien soy para poder escribir, tal vez por eso, hay “escritores” que publican y merecen ser leídos, y hay gentes, como yo, que escriben en estos refugios, con la certeza de que no serán leídos nunca.

Correspondencia II

No hay mejor fotografía que la que queda en la retina, la imagen que cobra vida cuando cerramos los ojos y evocamos el recuerdo. Me gusta deambular, sin rumbo, muchas veces sin saber bien a dónde ir, pues lo más interesante y atractivo aparece allí, cuando menos se lo busca. La diversidad de la vida, el enjambre de seres humanos que van y vienen, un loco con un carro lleno de recuerdos, sin propósito alguno, que se estaciona en un puente a las 10 de la noche y canta y recita y conversa consigo mismo. Los que van conmigo retroceden, cuando quedo de pronto paralizada en mitad de la calle, escuchando a dos que pelean o discuten, simplemente porque aquella imagen tiene algo de estético o lo que sea, una fuerza especial, y uno quisiera ser como un mosquito, para que lo dejaran allí escuchando y mirando.
No pierdo la esperanza de vagar contigo o junto a ti, por alguna calle cualquiera del mundo, en la que probablemente me detendré a hurgar en la vida de las gentes, en ese instante preciso en que uno o dos o una multitud llamen mi curiosa atención y tu dispares con el ojo de la cámara.

Correspondencia I

“Estoy aquí, amarrado al duro banco de la galera y remando no se muy bien a donde.”

¿Amarrado y remando? Puede que me equivoque amigo mío, pero hay un dejo de "resignación" en tus palabras. ¿Puedo ayudarte en algo? ¿A remar quizás? Te recuerdo mi experiencia de navegante, algo aprendí de mareas y corrientes, de vientos adversos o no tanto, de que en el mar la distancia más corta entre dos puntos no es una recta. A veces hay que retroceder para poder avanzar...

lunes 4 de febrero de 2008

Erotismo y pornografía

El imperio de los sentidos


Intimidad


El último tango en París


¿Que distingue el erotismo de la pornografía? ¿El grado de exposición de los cuerpos, el enfoque, la ficción del sentimiento o la autenticidad del acto, la intención que expresa el artista o el productor?
Si hacen el ejercicio de buscar en la red la diferencia entre pornografía y erotismo, se van a sentir defraudados. Hay una cantidad enorme de artículos y ensayos a propósito del tema, y en su mayoría, son círculos viciosos que no llegan a ninguna conclusión definitiva. Quizás, esta sea la característica más relevante de estos términos, la dificultad de conceptualizar sus diferencias.
Sin embargo, y a riesgo de caer en un lugar común, creo que ambos cumplen un rol, y no necesariamente negativo.
Si la pornografía sirve o funciona como un excitante, bienvenida sea para aquellos que quieran consumirla, siempre que haya quienes voluntariamente se ofrezcan a producirla.
Si el erotismo, es producto de un hecho artístico, y cumple un fin como tal, bienvenido sea como un aporte a la cultura y al conocimiento.
A la hora de elegir, me quedo con el erotismo, aunque no pueda definirlo.
Algunas películas, “ Intimidad” de Patrice Chéreau, “El imperio de los sentidos” de Nagisa Oshima, “El último tango en París” de Bernardo Bertolucci, han hecho de mi mundo, un mundo mejor.


Soledad?

LA CIENCIA DEL CAOS

"Hallarse en un agujero, en el fondo de un agujero, en una soledad casi total y descubrir que sólo la escritura te salvará. No tener ningún argumento para el libro, ninguna idea de libro es encontrarse, volver a encontrarse, delante de un libro. Una inmensidad vacía. Un libro posible. Delante de nada. Delante de algo así como una escritura viva y desnuda, como terrible, terrible de superar. Creo que la persona que escribe no tiene idea respecto al libro, que tiene las manos vacías, la cabeza vacía, y que, de esa aventura del libro, sólo conoce la escritura seca y desnuda, sin futuro, sin eco, lejana, con sus reglas de oro, elementales: la ortografía, el sentido."

Marguerite Duras.

Las manos y la cabeza vacía, y esta aventura del blog, la obligación auto impuesta de sentarse frente a él e intentar rellenar el vacío de la pantalla con palabras que tengan sentido aunque no haya nada nuevo que decir, quizás tan sólo formas diferentes de decirlo.

sábado 2 de febrero de 2008

Las garantías del debido proceso.

De esto no se habla.
En un país democrático, en el que el recuerdo de la dictadura azota aún la memoria de quienes la padecimos, el cumplimiento de las leyes por parte de todos los Organismos de Estado es una obligación sagrada.

Cuando, con ligereza, en una reunión de amigos, decimos o nos preguntamos que porqué la policía no hace nada ante tantas evidencias de tráfico de drogas en las “bocas” de los barrios de la ciudad, algún sensato de la reunión nos recuerda o nos informa de algunos elementos que no tenemos en cuenta. Por ejemplo, para condenar o procesar a alguien es necesario tener pruebas, y para obtenerlas hay que seguir determinados procedimientos que le den a todos los ciudadanos las garantías del debido proceso. No se pueden “plantar” pruebas, no se pueden hacer allanamientos nocturnos sin orden judicial, y no se puede procesar o detener a alguien porque “sospechamos” que vende drogas si no lo encontramos con las manos en la maza. Si durante un operativo, la droga, se fue por las cañerías del baño, la policía se queda sin pruebas.
El cumplimiento estricto de todos los procedimientos que requiere la ley a la hora de condenar a alguien hace difícil el trabajo de la policía, pero ese cumplimiento es el que hace posible la convivencia de las personas en un marco razonable de justicia para todos.

Está mal torturar para obtener información, aunque esa información sea imperiosa para otros fines supremos, está mal plantar pruebas para detener a alguien aunque sepamos que el mundo será un lugar más seguro si ese alguien está entre las rejas, está mal manipular la información, aunque pensemos que con ello le estaremos garantizando al mundo una seguridad que de otra forma no podremos darle.
Todos los atropellos cometidos en nombre de la justicia sólo hacen de este mundo un mundo más injusto, aunque estemos tentados de pensar lo contrario.

En el Uruguay de hoy, un Uruguay democrático, con un gobierno Progresista, se cometen muchos de éstos atropellos a la justicia, a la vista de todo el mundo y con el beneplácito del gobierno. Pero de eso no se habla. Y no se habla, porque íntimamente consideramos que esos atropellos sólo están golpeando a las “clases” tradicionalmente poderosas.

Me refiero concretamente a “todos los procedimientos” llevados a cabo por la Dirección General Impositiva.

Con la llegada del gobierno Progresista, empezamos a escuchar un slogan en todo el país: “ si todos pagamos, vamos a pagar menos”
Para muchos, entre las que me incluyo, fue una pequeña victoria íntima, pensar que finalmente el organismo encargado de recaudar impuestos en este país se iba a tomar la cosa en serio. Había llegado la hora de romper el círculo vicioso de seguir subiendo los impuestos porque nadie los pagaba.
Lo que no sabía por aquel entonces era algo que descubrí por la fuerza de los hechos, y es que para romper con ese círculo vicioso, la D.G.I. no encontró otra forma que la violación a todas las garantías del debido proceso.
No puedo hacerlo aquí, pero podría ofrecerle a quien quisiera pruebas de lo que escribo.
No hay un solo abogado o contador en este país que no le sugiera a un contribuyente que ha tenido la fortuna de ser inspeccionado por este organismo, que “negocie” con él.
Yo creía que la “justicia” no era “negociable”, que los organismos del estado a través de sus representantes no “chantajeaban” a las personas, que la ley, en última instancia, era algo que todos debíamos cumplir y que la “justicia” no era un concepto relativo. Pero la reivindicación de los derechos es ardua y trabajosa, además de costosa. Quien no tiene recursos económicos para dar una larga batalla judicial sin garantías, “negocia” porque es lo único sensato que puede hacer.

Sospecho que seguiremos por mucho tiempo sin hablar de esto, porque no es políticamente correcto hacerlo. Y muchos de los que por años reclamaron “justicia” en toda la extensión de su significado son cómplices silenciosos de este atropello. Imagino que no es trascendente en tanto golpee a los poderosos y llene las arcas del estado para distribuir entre los pobres. Peligrosa conjetura, pues al barajar y dar de nuevo, corremos el riesgo de cambiar de mano.

El penúltimo mohicano


Voy a la peluquería una vez cada cinco o seis meses a cortarme el pelo con Pablo.
Pablo, es un tipo interesante. Con sus 30 años se montó un negocio en el que logra dar rienda suelta a sus mejores cualidades. Más que un “cortador de cabellos” el tipo es un artista. Ve la globalidad, no sólo el cabello duro y puro. En otra ciudad, sería un artista famoso, en Montevideo, hace lo que le gusta y no le va mal.
Hoy fui a verlo, siempre con la esperanza de encontrarlo solo y no tener que esperar horas por mi turno.
Cuando llegué, había sólo un chico al que le estaba cortando el pelo. Aunque intenté disimular mi obsesiva mirada, quedé hipnotizada por la imagen.
El chico bajo las tijeras tenía una hermosa melena en la mitad del cráneo y el pelo rapado al ras en la otra mitad. Después de unos minutos más de trabajo, ya sólo le quedaba una hermosa crin en el centro de la cabeza y nada a los costados.
Me senté a su lado esperando a Pablo. Y no pude con mi condición.
Le digo al muchacho – qué coraje hay que tener para salir a la calle con el pelo cortado así!!! Hubiera querido agregar que el corte le iba muy bien a su cara, pero no tuve tiempo. Mateo, (así me dijo que se llamaba) tardó pocos segundos en darme una cátedra a propósito de los indios mohicanos y la razón última y filosófica de su elección de corte de cabello. Me contó que la cresta punk se llevaba en honor a los indios mohicanos, debido a que éstos vivían sin jerarquía y en igualdad. Seguimos charlando un rato. A pesar del corte de pelo, de sus ropas negras y de las cadenas de metal que le colgaban por todo el cuerpo, Mateo es un chico casi como cualquier otro de su edad, tierno, ingenuo, aún inocente y con una desesperada necesidad de distinguirse entre la multitud de iguales. Esto, más o menos, es lo que dejó entrever de todo su discurso.
Ya en casa, quise saber más de los indios mohicanos.

Según Wikipedia, la enciclopedia libre, "los indios mohicanos son una invención del escritor estadounidense James Fenimore Cooper en su libro El último mohicano. Creó esta palabra combinando el nombre de las tribus reales de los mahicanos y moheganos."
¿Mateo lo sabrá?

Unos y otros

Temprano por la mañana, recibí una llamada del trabajo. Crisis, me dije, la voz del otro lado del teléfono no era tranquilizadora. No logré entender muy bien cual era el problema, pero estaba claro que se requería allí de mi presencia.
Una vez en el lugar, y haciendo el imposible esfuerzo de escuchar entre la hemorragia de palabras, me enteré de la cuestión. Una trabajadora, de 40 años, estaba bajo "sospecha", el delito: haberse involucrado afectivamente con otro trabajador que tiene a su cargo, de 19 años. La trabajadora en cuestión, casada, tiene dos hijos, uno de 20 y otro de 24 que también trabajan en la misma empresa.
Poco pude hacer más que apaciguar los ánimos, y curiosamente, a excepción de mi, todos estaban dispuestos a juzgar a la bendita mujer y llevarla a la hoguera, claro está que sin las garantías del debido proceso.
Calmada la tempestad al día siguiente, ambos involucrados vinieron a hablar conmigo por separado. Querían darme explicaciones.
Socorro!!!! Me costó mucho hacerles entender que no quería saber nada, que no tenía porqué saber nada, que ninguno de ellos tenía que darme ninguna explicación, y que mi trabajo nada tenía que ver con la vida privada de las personas.
Ya sola en mi casa, y saliendo del estupor que me había causado el hecho de que alguien o algunos pensaran que aquello era un “problema” que yo o que alguien más tenía que resolver, pasé a pensar en Beatriz, la mujer en cuestión. Y me preguntaba que porqué una mujer como aquella, que ya tenía la vida bastante complicada, el menor de sus hijos embarazó a una muchacha de 17 años y fue padre hace tres meses, querría complicarse aún más la vida involucrándose con un "niño" de 19 años que además y para colmos era compañero de trabajo de sus hijos.
La respuesta quizás esté en eso de "la condición humana" en que como la vida es muy dura, un poco de afecto, de ternura, de halago y de cariño, mueve montañas o abre horizontes sin tener en cuenta las consecuencias.
O quizás la respuesta simplemente sea que a pesar de "nuestras imposiciones culturales y de clases" el amor realmente es posible siempre y en cualquier parte, a cualquier edad y las convenciones sociales que nos son impuestas nunca son tan poderosas como para evitar ese asalto a la razón.
Paso muchas horas del día pensando en éstas gentes, en Beatriz, que se “enamoró” de Pablo, en Pablo, que es aún joven y bello y que ha aprendido que el arte de la seducción es un arma poderosa que puede utilizar para sobrevivir a falta de una educación formal que le permita pensar que tiene un “futuro”, y en Hugo que es hermano de Pablo, y que juntos viven bajo el yugo de una madre déspota y arbitraria y que raras veces les pone un plato de comida en la mesa, y en Elena, que tiene 30 años, y un pequeño hijo de 2, quien ya es una víctima más a pesar de su corta edad de la neurosis de su madre, y en Gabriela y en Daniel y en Juan y …
Y luego, un viernes a la noche, voy a cenar a la casa de una amiga, una cena de mujeres, debería decir "MUJERES". Algunas periodistas, otras sociólogas o politólogas, algunas otras militantes activas en organizaciones de defensa de los derechos de las mujeres, realizadoras, documentalistas, escritoras, todas ellas heroínas, o en su mayoría, mujeres que han padecido y sobrevivido a la cárcel, la tortura y el secuestro durante la dictadura.
Y escucho atentamente, a veces me atrevo a discrepar, pero lo hago en silencio. Es que pienso que todas esas mujeres que han estado en el infierno y han regresado con la frente en alto, tienen derecho a una maestría de valor, coraje, altruismo y heroísmo. Lo que me resulta inmensamente curioso, es que lejos de tener una mirada piadosa y benévola para con aquellos que no pasaron la prueba, los juzgan implacablemente.
Siento mucho pudor en éstas situaciones, tal vez porque me siento el blanco de esas miradas implacables, aunque los que no tuvimos que pasar la prueba, ostentamos el beneficio de la duda.
Y siento también, que a pesar del infierno, o gracias a él, tienen un lugar en la historia. Sin embargo, Beatriz, Pablo, Hugo, Elena, Gabriela y Daniel y …la interminable lista de seres anónimos, héroes todos ellos de la adversidad, no tendrán lugar en los anales de la historia del siglo XXI.

viernes 1 de febrero de 2008

Democracia


Hace ya algunas semanas que comenzó en EEUU la “guerra” por las candidaturas de los partidos Demócrata y Republicano. Se va acercando el final de la campaña y aún no se sabe a ciencia cierta quien ganará. Las encuestas no dan por cierto ningún resultado. Pero lo que si se sabe es que históricamente el pueblo norteamericano en su mayoría, no es muy proclive a ejercer su derecho al voto. Hoy, leyendo titulares a propósito de estas elecciones primarias pensaba que teniendo en cuenta que el “Gobierno” de los Estados Unidos tiene una tal injerencia el los destinos del resto de los habitantes del planeta por aquello de “la globalización”, deberíamos tener entonces derecho todos los habitantes del planeta a participar de esas elecciones. Si es el gobierno de los Estados Unidos quien decide qué guerras habrá y porqué razones, guerras en las que podemos vernos involucrados; si es el gobierno de los Estados Unidos el que decide quienes son los “enemigos” del mundo “civilizado”, y los hombres y mujeres del mundo “civilizado” somos nosotros; si es el gobierno de los Estados Unidos el que da las grandes pautas para la marcha de la economía del mundo, y los trabajadores productivos del mundo somos nosotros, si en definitiva, Estados Unidos es la Gran Potencia mundial, y el “mundo” somos todos y cada uno de nosotros, parecería razonable, o al menos democrático a los ojos del gobierno de los Estados Unidos, que ejerciéramos nuestro derecho a decidir quien o quienes formarán ese gobierno, ejerciendo nuestro bendito derecho al voto.

Matadores


Padre mató a su hijo adicto a la pasta base
En Jardines del Hipódromo, un hombre de 53 años mató a su hijo de 22 de un disparo en un pecho porque le robaba para comprar pasta base.
El joven falleció a los pocos minutos de haber recibido el impacto. La tragedia familiar ocurrió en una vivienda ubicada en Puntas de Soto y Cochabamba. El autor del homicidio se entregó por su propia voluntad.


Me levanto temprano, me gusta esa hora de la mañana en que la casa aún está en silencio, para prepararme un mate y sentarme a leer los titulares de los diarios. Pero cuando me doy de lleno con una noticia cómo ésta, no puedo dejar de preguntarme ¿qué carajo nos está pasando?
Y es que es la segunda vez que leo un titular como este en menos de dos años. Montevideo es una ciudad de más o menos 1.500.000 habitantes. Locos, siempre hubieron, pero esto es algo más que locura. Para cualquier padre o madre más o menos “normal”, la muerte de un hijo es una de las experiencias más devastadoras que se puede vivir. Pero, matar a un hijo, en qué umbral del dolor podríamos clasificarlo? Qué enfermedad social puede empujarnos a una tragedia semejante? Y escribo empujarnos, porque siento que todos somos un poco matadores, y todos somos otro poco, las víctimas. La pasta base tiene algo, tal vez sea la portadora de toda la miseria humana acumulada por siglos, que viene a restregarnos en la cara, que todos por igual y sin excepciones somos responsables del mundo en que vivimos. Un mundo en el que unos consumen pasta base y otros estamos matando a los que la consumen.
Bertolt Brecht escribió :
Ah, nosotros
que quisimos preparar el terreno para la bondad,
no pudimos ser bondadosos.
Mas vosotros, cuando llegue el momento
en que el hombre sea un amigo para el hombre,
recordadnos
con indulgencia.


¿Llegará ese día?