
Tal vez porque me interesa la política en general, o simplemente por curiosidad, leo regularmente artículos a propósito de las elecciones en otras partes del mundo cuyo centro de influencia es para todos nosotros, en este pequeño e imposible país, evidente.
Tal vez también, porque un alguien virtual, cuya existencia física desconozco, pero puedo dar fe que habita en otro páramo de esta inmensidad, me ha obligado a pensar en algunas cosas que ya había archivado en las carpetas de mi memoria.
Tal vez, por esas razones y por otras que no logro enfocar, recordé estos días el libro de Camus “EL extranjero”
Nunca me resultó un libro fácil, y lo he leído y releído en distintos momentos de mi vida. Una novela corta, que se puede leer en pocas horas, pero que produce un desconcierto importante.
Se pueden encontrar en Internet infinidad de interpretaciones, por lo que sin duda yo jamás me atrevería a introducir alguna.
Simplemente, dejar constancia, de la asociación quizás sin fundamento, que me viene en mente cuando pienso, en este caso particular, en las elecciones generales que habrán en España en pocos días, y los grandes niveles de abstención que seguramente también habrán a la hora de votar. Creo que el voto debe ser un acto obligatorio, que aunque no lo queramos o no nos guste, debemos cumplir con nuestra parte de responsabilidad que implica decidir quién va a hablar en nuestro nombre. Pero no puedo dejar de pensar en todos aquellos que deciden ser extranjeros en su propia tierra, que deciden que da lo mismo que unos u otros hablen por ellos, que en definitiva no sólo no se sienten responsables del mundo en el que viven sino que además no participan de las decisiones colectivas. Y al pensar en ellos, pienso irremediablemente en Meursault, en el absurdo de la existencia que sólo se asimila en un renacer, en la consciencia de ser, y en “la tierna indiferencia del mundo”
Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, al fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.
Tal vez también, porque un alguien virtual, cuya existencia física desconozco, pero puedo dar fe que habita en otro páramo de esta inmensidad, me ha obligado a pensar en algunas cosas que ya había archivado en las carpetas de mi memoria.
Tal vez, por esas razones y por otras que no logro enfocar, recordé estos días el libro de Camus “EL extranjero”
Nunca me resultó un libro fácil, y lo he leído y releído en distintos momentos de mi vida. Una novela corta, que se puede leer en pocas horas, pero que produce un desconcierto importante.
Se pueden encontrar en Internet infinidad de interpretaciones, por lo que sin duda yo jamás me atrevería a introducir alguna.
Simplemente, dejar constancia, de la asociación quizás sin fundamento, que me viene en mente cuando pienso, en este caso particular, en las elecciones generales que habrán en España en pocos días, y los grandes niveles de abstención que seguramente también habrán a la hora de votar. Creo que el voto debe ser un acto obligatorio, que aunque no lo queramos o no nos guste, debemos cumplir con nuestra parte de responsabilidad que implica decidir quién va a hablar en nuestro nombre. Pero no puedo dejar de pensar en todos aquellos que deciden ser extranjeros en su propia tierra, que deciden que da lo mismo que unos u otros hablen por ellos, que en definitiva no sólo no se sienten responsables del mundo en el que viven sino que además no participan de las decisiones colectivas. Y al pensar en ellos, pienso irremediablemente en Meursault, en el absurdo de la existencia que sólo se asimila en un renacer, en la consciencia de ser, y en “la tierna indiferencia del mundo”
Y yo también me sentía pronto a revivir todo. Como si esta tremenda cólera me hubiese purgado del mal, vaciado de esperanza, delante de esta noche cargada de presagios y de estrellas, me abría por primera vez a la tierna indiferencia del mundo. Al encontrarlo tan semejante a mí, tan fraternal, al fin, comprendía que había sido feliz y que lo era todavía. Para que todo sea consumado, para que me sienta menos solo, me quedaba esperar que el día de mi ejecución haya muchos espectadores y que me reciban con gritos de odio.
Albert Camus - El Extranjero






























