Edvard MunchAl abrir la puerta la encontró sentada en la cocina, a oscuras y esperando. La falta de luz de daba un aura fantasmal. Se inquietó al verla porque a esas horas de la madrugada ella siempre dormía. Aunque Sara les daba vida a sus personajes en el más hondo silencio de las noches regulares, a las 5 de la mañana ya estaba soñando las historias de duendes y fantasmas que recrearía con su trazo.
No se atrevió a preguntar - subestimarla era el único error que jamás había cometido - pero se sentó a su lado y la besó.
El contorno borroso de sus labios y el timbre nostálgico en la voz al decir – ¿te acordás de la tarde que nos conocimos? sin esperar una respuesta, le confirmó lo que intuía.
Se conocían demasiado y se querían mucho más como para desquitarse inútilmente – provocando heridas irreversibles – con reproches o reclamos destemplados de cuentas pendientes, que si las tenían, se habían compensado con la lenta irrealidad de un tiempo ya pasado. Los dos habían apostado por igual a trazar caminos diferentes que tuvieran esquinas para encontrarse y sorprenderse, recodos para ocultarse y barrancos para desafiarse. Y lo habían logrado, los años que llevaban juntos de amor y desencuentros y amor vuelto a encontrar eran la huella en la que podían verse reflejados, la excepción a la regla del infierno tan temido al que el tiempo implacable condenaba, de los días de hastío y soledad, de adivinarse antes de tiempo o de ignorarse para existir.
- No sé cómo Sara, pero algo me pasó y no puedo evitarlo, nos encontramos sin querer y…
Ella no lo dejó terminar, apoyó la mano en su brazo y dijo – no me cuentes, no quiero saber, no puedo con el dolor y el espanto de imaginarla contigo, quiero - en esta última noche - colocar la pieza que faltaba en el rompecabezas de la vida que deseamos. Después, tal vez podamos perdonarnos.
El no esperaba otra cosa, la dignidad con la que siempre enfrentaba la vida y sus miserias o la falta de pasión para imponerse o reclamar eran su sino, aunque ahora, en el frío inmaculado de la cocina, al verla recostarse en la silla - vulnerable - sintió que algo había cambiado para siempre. La noche se fue gastando con las horas mudas y la última copa de vino de esa extraña comunión en que todo se comprende, se manchó de rojo con las primeras luces de la madrugada.
Fue en ese preciso momento que la vio, frágil, resignada, enigmática y con un destello en la mirada que no le conocía, como del odio de Dios de una venganza consumada.
Un hilo de sangre seguía su curso hasta las baldosas para sumarse al charco que se dibujaba en el piso de la cocina antes inmaculado. Sólo pudo gritar su impotencia, y el eco hizo del grito un lamento interminable que aún hoy – a tantos años vista – se escucha por las noches entre los escombros de la casa abandonada.
No se atrevió a preguntar - subestimarla era el único error que jamás había cometido - pero se sentó a su lado y la besó.
El contorno borroso de sus labios y el timbre nostálgico en la voz al decir – ¿te acordás de la tarde que nos conocimos? sin esperar una respuesta, le confirmó lo que intuía.
Se conocían demasiado y se querían mucho más como para desquitarse inútilmente – provocando heridas irreversibles – con reproches o reclamos destemplados de cuentas pendientes, que si las tenían, se habían compensado con la lenta irrealidad de un tiempo ya pasado. Los dos habían apostado por igual a trazar caminos diferentes que tuvieran esquinas para encontrarse y sorprenderse, recodos para ocultarse y barrancos para desafiarse. Y lo habían logrado, los años que llevaban juntos de amor y desencuentros y amor vuelto a encontrar eran la huella en la que podían verse reflejados, la excepción a la regla del infierno tan temido al que el tiempo implacable condenaba, de los días de hastío y soledad, de adivinarse antes de tiempo o de ignorarse para existir.
- No sé cómo Sara, pero algo me pasó y no puedo evitarlo, nos encontramos sin querer y…
Ella no lo dejó terminar, apoyó la mano en su brazo y dijo – no me cuentes, no quiero saber, no puedo con el dolor y el espanto de imaginarla contigo, quiero - en esta última noche - colocar la pieza que faltaba en el rompecabezas de la vida que deseamos. Después, tal vez podamos perdonarnos.
El no esperaba otra cosa, la dignidad con la que siempre enfrentaba la vida y sus miserias o la falta de pasión para imponerse o reclamar eran su sino, aunque ahora, en el frío inmaculado de la cocina, al verla recostarse en la silla - vulnerable - sintió que algo había cambiado para siempre. La noche se fue gastando con las horas mudas y la última copa de vino de esa extraña comunión en que todo se comprende, se manchó de rojo con las primeras luces de la madrugada.
Fue en ese preciso momento que la vio, frágil, resignada, enigmática y con un destello en la mirada que no le conocía, como del odio de Dios de una venganza consumada.
Un hilo de sangre seguía su curso hasta las baldosas para sumarse al charco que se dibujaba en el piso de la cocina antes inmaculado. Sólo pudo gritar su impotencia, y el eco hizo del grito un lamento interminable que aún hoy – a tantos años vista – se escucha por las noches entre los escombros de la casa abandonada.




















