
Sola, entre las cuatro paredes de mi cuarto, un río de lágrimas que fluye buscando el mar, y la memoria intransigente que no ofrece ninguna tregua para retroceder al cálido abrigo de un sol de mediodía que ya no volverá.
Hora de la muerte: 5.00 a.m. de una noche de nostalgias. La sentencia incuestionable, el corazón un museo de ternuras, las arterias obstruidas por la sangre estancada y el frío más frío, una temperatura imposible para los termómetros humanos. La evidencia se yergue allí, ni gestos, ni muecas, apenas un sudor obstinado, y la respuesta imposible de una pregunta que no me atrevo a formular. Luego las costumbres, el cuerpo compelido a moverse y circular, descifrar las miradas, buscar la ternura, doblegarse al consuelo y palpar el vacío, la nada que ocupa su lugar.
Sola nuevamente, entre las cuatro paredes de mi cuarto, una urgencia, un dolor irreparable, el terror que acecha por la duda, la sentencia incuestionable que no sabe a ciencia cierta si él, ya no sus gestos, el último estertor, o los vestigios de su imagen altanera, sino él, su dolor, su ternura ingobernable, las caricias oportunas, la firmeza de su mano, el amor insobornable, sentirá la soledad y el abandono, pues yo, como todos, renuncié a esperar y acompañarlo, allí, en su última morada. Debo regresar, lo sé, pero el terror es una inyección letal, la parálisis del cuerpo, la duda que carcome, y al volver me encontraré con la muerte retratada en su mirada, por la sorpresa de esperarme y no encontrarme.
No he podido regresar, el cementerio es una trampa de hormigón, le temo a las pruebas de mi infamia, la sorpresa en su mirada, y cuando ya no pueda evitarlo, nos miraremos de frente, yo no podré perdonarme y él será incapaz de reprochármelo.