
En un mundo globalizado en el que la información es una de las herramientas más poderosas del sistema es difícil mantenerse al margen de los asuntos que conciernen al planeta en su conjunto. Estas últimas semanas, la palabra “crisis” ha ocupado todos los titulares de los grandes y pequeños medios de información y junto a ella un sinfín de artículos que intentan explicarla, analizarla, conjurarla o todo lo que podamos siquiera imaginar. Muchos afirman que esta crisis es el comienzo del fin del capitalismo, otros muchos dicen que eso no es posible y apelan a una solución conjunta de los gobiernos de los países más industrializados, algunos festejan el derrumbe del sistema financiero, unos pocos se benefician con enormes tajadas del hambre ajena. Hay para elegir, no hay nada que no se haya dicho, imaginado, pronosticado o deseado.
Sin ser economista, mucho menos profeta hay dos cosas que cualquiera - con dos dedos de frente - puede deducir de este cataclismo. Una de ellas es que los que menos tienen, una vez que concluya o se resuelva o se mal resuelva, tendrán un poco menos de lo poco que ya tenían. La otra es que el saber está tan devaluado que quienes podían o tenían las condiciones o las capacidades de producir conocimiento se distrajeron y distrajeron los recursos del planeta en asuntos de poca envergadura colectiva y nos quedamos sin herramientas para pensarla.
Curiosamente, las derechas claman y reclaman la intervención del Sr. Estado, las izquierdas proclaman el fin del capitalismo perdiendo de vista que los condenados de siempre ya están pagando las consecuencias del descalabro y la gran mayoría de los habitantes del planeta miramos estupefactos como si de nosotros no se tratara, como si las maravillas de la democracia que otrora defendíamos a capa y espada y que nos dio voz y voto hubiera sido una gran mentira y nosotros sus víctimas.
Los humanos tenemos esa cualidad de reivindicar nuestros derechos cuando nos sentimos agredidos, lavarnos las manos cuando conviene repartir responsabilidades y mirar por el ojo de la cerradura buscando a los culpables para quemarlos en la hoguera cuando las papas queman. La responsabilidad tiene el don de diluirse cuando hay dificultades y concentrarse en unas pocas manos cuando de llevarse el Nobel se trata.
Lo alarmante, es que aún si fuera cierto que estamos asistiendo al fin del capitalismo, nadie parece saber o tener ideas de hacia dónde vamos. ¿Cómo vamos a construir un nuevo orden si no produjimos el conocimiento necesario? ¿Qué garantías tendremos que ese nuevo orden será más justo para todos los hombres si no sabemos cómo hacerlo?
La inmensa mayoría de los cerebros en cuyas manos está hoy encontrar soluciones a esta crisis son hombres que se proclaman anti marxistas y jamás leyeron “El capital”, como tampoco lo leyeron la inmensa mayoría de los cerebros de izquierdas que se dicen marxistas. Sin embargo las palabras socialismo y marxismo han cobrado una actualidad por estos días que no se leía en años pasados. Lo que parece estar en crisis, desde hace mucho tiempo, es el mundo de las ideas. Hoy sabemos que vamos a tientas, atajando urgencias, tapando heridas pero lejos de producir soluciones a largo plazo que garanticen ya no solamente la recuperación lenta de las largas crisis económicas del planeta sino una vida mejor para todos quienes lo habitan. Los medios de comunicación están alertas, denuncian, exponen y todos quienes tenemos la posibilidad de acceder a ellos sabemos que las economías del mundo se descalabran. Pero si decidiéramos hablar de cifras ¿cuántos son los millones que están muriendo de hambre, no desde ayer ni desde hace dos semanas en que las bolsas se desplomaron, sino desde siempre? ¿cuántos condenados a ser un número insignificante entre los que mueren diariamente? ¿porqué no retumban las alarmas de los periódicos diariamente en su nombre? ¿porqué no tiemblan las bolsas entonces?
Sin embargo, siempre surge algo bueno o parcialmente bueno de todas las coyunturas críticas. Los pocos privilegiados que vivimos en esas partes del mundo en que sobran las riquezas descubrimos que la vida puede ser hermosa, constructiva y transitable con mucho menos de lo que solemos invertir para creernos que somos felices. Podemos vivir prescindiendo de casi todas las frivolidades que consumimos y no sucumbir en la desesperación y la nada. Podemos disfrutar de una puesta de sol, de la charla íntima con un amigo, de una caminata al borde del mar, de una lectura reveladora, de un encuentro amoroso o de una cena familiar con los restos del almuerzo. Tal vez de este conocimiento nuevo y revelador deberíamos sacar conclusiones. Tal vez sea hora de invertir los recursos - escasos y finitos - en empezar a pensar, en producir conocimientos, en producir ideas que puedan llevarnos a construir paso a paso un mundo razonablemente mejor y más justo para la inmensa mayoría de quienes habitan y habitarán el planeta antes de que sea tarde.



10 comentarios:
usted lo dice, o lo intuye.
Saldrán de abajo de las piedras esos líderes intelectuales necesarios para un cambio posible?
Tendremos posibilidad los menos desangradados de tomar las riendas de algo, aunque sea las de ese paseo dialogante sin prisas y con afectos?
Podremos entre tanta hojarasca de desinformación manipuladora, interesada, cutre, rescatar la que necesitamos para salir medianamente indemnes del tsunami que nos anuncian sin dar hora ni fecha precisa?
Soy muy poco optimista al respecto.
Necesitamos un nuevo mesías y esto es siempre peligroso.
un abrazo, Ivonne.
Queridísima, qué bien sintetizas el problema... y la ausencia de soluciones a la vista. Hace unos días precisamente le comentaba a alguien que el fenómeno mediático de la crisis responde a que son unos individuos muy concretos los que están empezando a padecerla. Las familias que no llegan a fin de mes con 600 euros ya desde hace unos seis o siete años -pienso en particular en el salvaje reajuste económico habido en España con el cambio de moneda- no son noticia. Por no mencionar, como bien apuntas, a los que llevan muriéndose ya décadas, y siglos, sin que a nadie le importe lo más mínimo.
No dejaría de ser divertido -si no fuera tan triste- apreciar que el colmo de los países liberales apuesten por el intervencionismo del Estado. Curioso Liberalismo, no lo aprendí yo así en la facultad :-) Los mismos, además, que se echaron sobre Chávez hace no mucho por declarar su intención de nacionalizar la banca venezolana. Serán cosas de la desmemoriada memoria histérica...
Al conocimiento hace ya tiempo que le han echado encima dos paletadas de tierra. Llevan intentando acabar con él desde hace treinta o cuarenta años, y puede decirse que lo han conseguido. Así estamos. Sin oposición posible, expuestos a que cualquier loco visionario se haga con la situación y arrastre masas al desastre. No me extrañaría.
No creo que se trate de una cuestión de pensar de qué podemos prescindir, como planteas, sino de lo que no deberían quitarnos, Idea, lo mismo a nivel espiritual que material. Y me parece que poco a poco nos lo están quitando todo. Un beso, amiga.
Sea como sea, dure lo que dure esta situación que ciertametne el mundo padece, fruto de nuestros propios excesos pasados, debería de ser una buena oportunidad para, como dices, revertir recursos, y concepciones. Creo que le damos demasiada importancia a lo que realmente no la tiene.
¿Y qué sería justo?, ¿que todo el mundo tuviera acceso a las mismas cosas aun invirtiendo menos (dinero, esfuerzos, ganas)? Eso no parece demasiado sensato. ¿O sería justo que cada uno pudiera acceder a los mismos recursos (educación, dote, oportunidades)? Esto último sí podría constituirse en una búsqueda legítima. Pero las diferentes capacidades individuales - o incluso la misma suerte - no tardarían demasiado en hacerse notar: al poco tiempo otra vez un mundo desigual.
Insisto en que no se puede pensar en un orden general partiendo de la ilusioria idea de la posibilidad de un mundo justo. La justicia es una desiderata poética, una imagen fantástica que choca contra la realidad de un mundo plural, deviniente, injusto, caótico. ¿Pero entonces debemos resignarnos, debemos aceptar cualquier tipo de sometimiento? La respuesta es no.
Sin embargo, la construcción del mundo social no puede partir de premisas ilusorias. Se impone una dosis de realismo para entender al mundo como es y no como debería ser. Entender que no hay valores flotando en un mundo ideal, sino que estos surgen de convenciones humanas y entonces no buscar, por ejemplo, la justicia, sino el sistema más conveniente para la mayoría. (Nunca será posible legislar para todos. La vida es lucha impiadosa y no podemos sustraernos a este diseño más que en nuestras intenciones).
Conecto con mi último post: no hay cerebros que dirijan al mundo, no hay mentes preclaras que sean responsables de esta debacle financiera ni tampoco culpables puntuales que pudieran señalarse con el dedo. Por lo tanto no hay tampoco soluciones que partan de individuos.
Cacho, muchas preguntas cuyas respuestas no conozco. Sólo tal vez que esos hombres, lideres, intelectuales o simplemente responsables serán el hombre que tendremos que construir, aquel “hombre nuevo” al que alguna vez en estas tierras se le cantaba.
Otro beso para ti.
Ana, tal vez sea cierto, tal vez lo poco que nos quede sea la palabra y de ella ciertamente no podremos prescindir sin antes morir del todo. Recuerdo ahora una reflexión de Onetti a propósito del fin del mundo:” … pensemos si no habrá alguna ventaja en una emigración simultánea y universal de este mundo donde perece la fauna y la flora, donde las filtraciones radiales danzan libres y alegres por los aires y donde asesinatos y genocidios cubren con persistencia los caprichosos colores del globo terráqueo que aún no me he comprado.
No quedarnos para llorar a nadie, no dejar a nadie para que nos llore. Y tal vez nos den tiempo para decirnos adiós, y gozar de una eternidad más o menos larga, allí donde todos los niños del señor tienen zapatos.”
Un beso
Raúl, acaso sea el mejor deseo que podamos compartir, lo lamentable es que solemos olvidarlo con la misma velocidad con la que se suceden las circunstancias.
Walter, ¿qué sería justo? Tal vez comenzar a debatir a propósito de la justicia y de su verdadero significado. Marx sugería por ejemplo “ a cada uno según su necesidad y de cada uno según su capacidad” podría ser un buen punto de partida, en lo que a mi concierne es bastante justo.
Es curioso usted plantea que la justicia es una desiderata, una imagen fantástica que choca contra la naturaleza del mundo y la realidad que es caótica e injusta, agrega (en su casa) que finalmente cada uno hace lo que puede, y sin embargo piensa que no tenemos que resignarnos. Luego lo explica, pero yo no logro entenderlo. Usted dice que hay que apuntar o buscar convenciones humanas y yo le pregunto ¿acaso no es eso la justicia? Yo, a diferencia de usted no sólo creo que podemos legislar para todos sino que estamos obligados a hacerlo, a lo que no podemos ni debemos condenarnos ni resignarnos es a legislar para la minoría condenado a la mayor parte del planeta a la peor de las vidas posibles y eso es precisamente lo que venimos haciendo hasta ahora. El problema tal vez sea que quienes discutimos a propósito de éstos temas, quienes debatimos y escribimos y nos comunicamos a través del mundo virtual, somos los mismos que tenemos el estómago satisfecho y no nos debatimos entre la vida y la muerte a la que condena el hambre.
Por último, ciertamente no estoy de acuerdo con su precisión final. Ciertamente hay responsables, que no son precisamente los niños que mueren de hambre en África sino tal vez usted y yo y todos los que no padecemos en gran medida las consecuencias del mundo que hemos construido y más cierto es aún que las soluciones para empezar a cambiar este orden desordenado debe partir de los hombres, del colectivo, de los individuos que aún tienen resto para pensar y producir ideas y conocimientos.
Tan lúcido como emocional para describir una situación que describe no el fin del capitalismo, pero sí una concepción salvaje de él.
Tan lúcido como emocional para describir una situación que describe no el fin del capitalismo, pero sí una concepción salvaje de él.
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