Katy GómezNo hay peores guerras para pelear que aquellas en las que uno está – escindido – combatiendo simultáneamente en ambos bandos como un soldado acorralado por la duda. Siempre condenados a perder.
No puede haber una victoria para festejar, por la falta de certezas, ni una derrota digna para resignarse, por la ausencia de convicciones.
Son muchas, aunque no siempre trascendentes, porque las contradicciones inherentes a nuestra naturaleza están allí agazapadas, esperando dar el zarpazo.
Saberlo, nos condena por momentos a ser exilados - no de los otros - del otro que siempre va con uno pero que a veces no acompaña o se rebela; de la confianza, cuando encontramos una imagen desvirtuada en el espejo; del alma, cuando herida se bate en retirada; del honor, cuando pacta con la indiferencia.
Ni vencido ni vencedor, acaso diletante – o tal vez hipócrita – porque cuando el otro que también soy yo me mira con desdén y de reojo en el espejo, sé precisamente porque duele, que faltó coraje.
No puede haber una victoria para festejar, por la falta de certezas, ni una derrota digna para resignarse, por la ausencia de convicciones.
Son muchas, aunque no siempre trascendentes, porque las contradicciones inherentes a nuestra naturaleza están allí agazapadas, esperando dar el zarpazo.
Saberlo, nos condena por momentos a ser exilados - no de los otros - del otro que siempre va con uno pero que a veces no acompaña o se rebela; de la confianza, cuando encontramos una imagen desvirtuada en el espejo; del alma, cuando herida se bate en retirada; del honor, cuando pacta con la indiferencia.
Ni vencido ni vencedor, acaso diletante – o tal vez hipócrita – porque cuando el otro que también soy yo me mira con desdén y de reojo en el espejo, sé precisamente porque duele, que faltó coraje.



7 comentarios:
Queridísima Idea:
Creo que todas las guerras nos escinden. Siempre hay varios frentes (externos e internos). Quizás lo horroroso es que las guerras al partirnos en pedazos nos matan de a partes.
Tal como un brazo no vive independientemente del cuerpo, nuestros pedacitos terminan por secarse y morir.
Tomando la palabra guerra como metáfora creo que uno de los problemas actuales es como nos fragmentamos constantemente y nuestros pedazos pierden interconexión y el todo, vida.
Un beso grande
Me gustó mucho este texto.
Constantemente uno debe luchar con sus fantasmas, es una disputa que creo durará toda la vida. Lo importante tal vez sea no bajar los brazos nunca, siempre intentar ser fiel a nuestras convicciones y luchar por ellas, porque sino dejaríamos que gane espacio ese otro yo que despreciamos cuando nos miramos al espejo.
Le mando un beso grande.
Las guerras que nos confrontan a ese otro que también somos son las más crueles. Podrán decirme que nos llevan a la autosuperación; pero hasta en ese caso uno siente un poco de simpatía por el caído, por ese yo un poco más ingenuo que dejó de ser. ¿Por qué no había lugar para él? Yo extraño versiones más imperfectas de mi persona; en el fondo no eran malas personas, nada más necesitaban cosas que no pudieron ser: que el amigo del dueño respetara la cola, que agente de tránsito fuera un poco (sólo un poco) más cordial, que la vida tuviese un sentido... cosas por el estilo.
Por cierto, conozco un testimonio conmovedor de la lucha interna de un hombre:
Unamuno
Paseando por las huertas de Valencia, me acerqué a un campesino y le pregunté por qué quemaba el campo. Me contestó que lo hacía para que el abono posterior prendiera mejor en la tierra y el fruto fuera más fértil.
Volví a casa convencido de que había estado hablando con Platón y Aristóteles juntos.
No podemos evitar todas las guerras, no podemos ni siquiera escabullirnos y salvarnos de sus efectos devastadores, pero sí podemos de su ceniza final sembrar semillas que den frutos hermosos.
Un besito, Idea.
Cada vez escribes mejor.
Siempre estamos en guerra, siempre.
La paz es momentánea, la guerra interminable.
Que justo
Publicar un comentario en la entrada