
Luis tenía 18 años y soñaba con volver a Rivera - departamento en el que nació - con su diploma de Electricista Naval en las manos después de 4 años de sacrificio en la capital. Hacía pocos meses había empezado a trabajar en un almacén del barrio en el que vivía junto a su hermana y su cuñado para colaborar con el presupuesto de la familia y poder terminar sus estudios. Ayer, un niño lo mató. Le pegó un tiro a través de una reja de seguridad que tiene el almacén porque no quiso entregarle la plata de la caja.
La semana pasada, a pocas cuadras de allí, otro menor de edad mató de un tiro a un hombre de 29 años que estaba en la vereda de su casa junto a su hijo de 5 años.
Hace 10 días la policía detuvo a un menor de 12 años responsable de cometer rapiñas con arma de fuego en varios ómnibus de pasajeros en la zona del Cerro, y hoy, detenido en un hogar del Instituto Nacional del Menor, se siente un héroe al ver en la televisión la difusión que ha tenido su caso en los noticieros nacionales.
Hace muchos años, cuando a Uruguay se le llamaba la Suiza de América, el contraste entre los ricos y los pobres no tenía los ribetes que adquirió luego con los años de diezmar al país con gobiernos derechistas y dictaduras militares. El obrero de la fábrica o del frigorífico tenía la dignidad del trabajador pobre y militante acostumbrado a largas y duras jornadas de trabajo para llevar un plato de comida a la mesa familiar. Pobreza y delincuencia no eran sinónimos, acaso la delincuencia de guante blanco y la riqueza lo fueran mucho más.
Pero al sur de América Latina le llegó la hora de la modernidad, del consumo y de la globalización, de las reglas del capitalismo salvaje, del insostenible incremento de la deuda externa, de la importación indiscriminada de bienes de consumo que liquidaron las fábricas nacionales y de la miseria que añora la dignidad de la pobreza. Los niños delincuentes de hoy, consumidores de pasta base – la única sustancia que les proporciona una felicidad cierta aunque circunstancial porque los mata en poco tiempo - son hijos de la miseria, son hijos de familias desestructuradas, son hijos de padres y de abuelos que nunca trabajaron, son hijos de la desocupación y del hambre, son hijos de la historia del Continente.
El debate por éstos días, un debate que ya lleva algunos años, los mismos que lleva creciendo el drama, es el de la edad adecuada de imputabilidad jurídica. Cuando uno vive inmerso en una realidad en la que los principales noticieros nacionales dedican no menos de 15 o 20 minutos a informar el panorama diario de asaltos, rapiñas y asesinatos perpetrados por menores es inevitable que la gente común, pobres y ricos, víctimas pasadas o futuras de algún hecho delictivo, piense que llegó la hora de hacer algo con todos esos niños, algo parecido a tratarlos como adultos, encerrarlos de por vida o incluso matarlos - como algunos han llegado a sugerir - ya que no tienen ni tendrán cura ni remedio.
Si de casualidad uno es el padre o la madre de Luis, un matrimonio que trabajó toda su vida, que vive con lo poco que le proporciona el trabajo penoso pero digno, que con el penúltimo esfuerzo del que se es capaz envía a estudiar a la capital a uno de sus hijos para que tenga la oportunidad de ganarse la vida con un oficio aprendido y un niño de 15 años lo mata de un tiro a quemarropa porque no se dejó robar, probablemente sienta - y esté en su derecho - que ese otro niño de 15 años debería estar encerrado o muerto. Pero ese sentimiento legítimo, producto del drama insoportable y del dolor irreversible no puede ni debe ser la medida razonable de toda una sociedad para analizar el problema y buscarle una solución.
El problema es muy complejo, lleva años de gestarse con esfuerzo de gobiernos y dictadores, de corrupciones de todos los colores, de leyes que protegen la propiedad privada pero que no protegen los derechos inalienables, de lógicas de mercado capitalista y global y de irracionalidades e indolencias humanas, de nuestra complicidad – consciente o no – tal vez involuntaria – de dejar que el mundo siga protegiendo los derechos de una minoría explotando las necesidades de la gran mayoría. El problema, tal vez no sepamos ya cómo resolverlo y temo que acaso ya no tenga solución, pero lo que no podemos hacer es responsabilizar a aquellos que precisamente deberíamos proteger, educar y enseñar, a quienes sin duda son por ahora y hasta que no se conviertan en adultos conscientes y corresponsables, inimputables del delito de sobrevivir sin afectos, sin modelos, sin recursos y sin educación en el maldito mundo que les tocó nacer.
Mal que nos pese y con distintos grados de responsabilidad no hemos sabido cómo hacerlo mejor hasta ahora, pero pretender que los niños - mientras lo son - paguen las consecuencias por partida doble – son víctimas y queremos acusarlos de verdugos – es una vileza de la que entre todos los animales sólo el hombre es capaz.
El debate por éstos días, un debate que ya lleva algunos años, los mismos que lleva creciendo el drama, es el de la edad adecuada de imputabilidad jurídica. Cuando uno vive inmerso en una realidad en la que los principales noticieros nacionales dedican no menos de 15 o 20 minutos a informar el panorama diario de asaltos, rapiñas y asesinatos perpetrados por menores es inevitable que la gente común, pobres y ricos, víctimas pasadas o futuras de algún hecho delictivo, piense que llegó la hora de hacer algo con todos esos niños, algo parecido a tratarlos como adultos, encerrarlos de por vida o incluso matarlos - como algunos han llegado a sugerir - ya que no tienen ni tendrán cura ni remedio.
Si de casualidad uno es el padre o la madre de Luis, un matrimonio que trabajó toda su vida, que vive con lo poco que le proporciona el trabajo penoso pero digno, que con el penúltimo esfuerzo del que se es capaz envía a estudiar a la capital a uno de sus hijos para que tenga la oportunidad de ganarse la vida con un oficio aprendido y un niño de 15 años lo mata de un tiro a quemarropa porque no se dejó robar, probablemente sienta - y esté en su derecho - que ese otro niño de 15 años debería estar encerrado o muerto. Pero ese sentimiento legítimo, producto del drama insoportable y del dolor irreversible no puede ni debe ser la medida razonable de toda una sociedad para analizar el problema y buscarle una solución.
El problema es muy complejo, lleva años de gestarse con esfuerzo de gobiernos y dictadores, de corrupciones de todos los colores, de leyes que protegen la propiedad privada pero que no protegen los derechos inalienables, de lógicas de mercado capitalista y global y de irracionalidades e indolencias humanas, de nuestra complicidad – consciente o no – tal vez involuntaria – de dejar que el mundo siga protegiendo los derechos de una minoría explotando las necesidades de la gran mayoría. El problema, tal vez no sepamos ya cómo resolverlo y temo que acaso ya no tenga solución, pero lo que no podemos hacer es responsabilizar a aquellos que precisamente deberíamos proteger, educar y enseñar, a quienes sin duda son por ahora y hasta que no se conviertan en adultos conscientes y corresponsables, inimputables del delito de sobrevivir sin afectos, sin modelos, sin recursos y sin educación en el maldito mundo que les tocó nacer.
Mal que nos pese y con distintos grados de responsabilidad no hemos sabido cómo hacerlo mejor hasta ahora, pero pretender que los niños - mientras lo son - paguen las consecuencias por partida doble – son víctimas y queremos acusarlos de verdugos – es una vileza de la que entre todos los animales sólo el hombre es capaz.



5 comentarios:
Tremendo tema el que nos trae, Idea. Creo que la única solución es global, quizás sea muy utópico. Pero estoy convencido de que aplicando más penas no se logra nada. Hay que encontrar las raíces de la violencia y neutralizarlas.
Dichas raíces no son algo natural sino exacerbado por el medio social.
Lo mejor es intentar que no se repitan esos casos. Lo que no se me ocurre es un paliativo para esas pérdidas irreparables.
Maldita irreversibilidad de los actos humanos!
Beso
En el caso de los niños, sólo recurren al castigo y a la venganza las sociedades incompetentes.
Humana y comprensible es la desazón y el ansia de revancha que pueden sentir los seres queridos de la víctima, pero no estamos hablando de sicarios fornidos y forjados. Estamos hablando de chavales, niños.
Para mi, y perdónenme los pacifistas que a mi comentario se asomen, la violencia sólo está justificada como un medio de defensa contra los tiranos, pero nunca, jamás , contra los niños con revólver. Contra los niños con revólver, primero hay que desarmar a la clase de política y la clase de humanidad que lo permite. O sea, nosotros. Todos nosotros. Los mayores.
Lucidísimo análisis, Idea.
La raíz del problema está clara como bien dijiste: El neoliberalismo.
Me excede este problema, atropella mi razonamiento.
Sé que si fuera el padre de los muertos querría un castigo ejemplar. No volver a cruzarme con los criminales por la calle.
Si fuera el de los asesinos no se qué podría querer. No puedo imaginarme en ellos.
Un beso, I.
Que nunca tengamos que enfrentarnos a algo como esto.
Idea, coincido contigo. En sociedades donde la violencia se ha instalado como un gesto cotidiano -las causas son muchas y complejas, pero en A.L. el terror, la corrupción y la injusticia-, los niños no encuentran o lo hacen escasamente referencias éticas que guíen sus conductas. En España, la negativa de los curas españoles a que se enseñe Educación para la ciudadanía en los colegios es un ejemplo de intolerancia que no contribuye a que nuestros hijos sean mejores. (Y pensar que Uruguay hizo de la educación cívica uno de sus fundamentos sociales)
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