
Me desperté inquieta y confundida, acaso por la resaca de un sueño que aún me agobiaba sin recordarlo. Afuera, la noche demoraba los rayos de luz que siempre está esperando desnuda, la ventana de mi cuarto.
Cuando los murmullos que creía originados en el sueño seguían invadiendo el dormitorio me levanté decidida a buscarlos, pero no pude encontrar ninguna presencia ajena al escenario habitual que explicara aquellas voces tenues y persistentes. Curiosa, me recosté en el sofá con la esperanza de encontrar más tarde una señal que justificara el despropósito.
Los cuadros en mi casa, son como la biblioteca, una presencia ineludible, miradas particulares de un universo inagotable, cada uno con su pasado y una historia que contar que siempre es diferente, dependiendo del ángulo en el que fijemos la mirada.
En una de las paredes está el retrato de una niña que queriendo ser mujer y valiente, recibió una bala certera que cercenó su futuro de coraje, a su lado una naturaleza que algunos llaman muerta y que sin embargo vibra a cada instante con los destellos de luz que ella misma se inventa, en la otra un arlequín de sombrero rojo y máscara espigada que oculta sutilmente una sonrisa impertinente, más al fondo una mujer altiva de cuello largo y gesto apacible que observa atentamente para desafiar con su mirada a los que se aproximan y en el corredor un paisaje de luces y de sombras que se alternan por la gracia de un faro lejano que nunca deja de girar.
Cuando volví a escuchar los murmullos, no fue preciso seguir buscando, porque allí, frente a mis ojos, los cuadros que hasta entonces pintaban las paredes de mi casa se transformaron de pronto en ventanas abiertas de pequeños universos afanosamente inquietos. Mientras yo quería creer que dormía o me empeñaba en creerlo, las figuras se imponían con sus gestos de mimos rebeldes y contrariados. Yo no alcanzaba a comprender lo que estaba sucediendo y las posibles explicaciones se me atojaban propias de la fe o de la locura. Uno a uno y cada uno a su manera, se mostraban insistentes, ansiosos o indignados por lo que seguramente presumían una necedad de mi parte y que sin embargo no era otra cosa que un descomunal desconcierto. Extasiada por la experiencia y renuente a aceptar mí desvarío, me abandoné a la vigilia en la que percibía la vehemencia de la niña que quería ser mujer o la severidad de la dama altiva y pretensiosa que me señalaba con el dedo de la culpa mientras escuchaba la risa nerviosa del arlequín y la sirena del faro anunciando un peligro que presumía inminente.
El sueño finalmente llegó, aunque agitado por la ambigua percepción de mis sentidos.
Cuando volví a despertar con los primeros rayos del sol, miré ansiosa a mi alrededor buscando las huellas que imagino dejarían los milagros, pero no pude encontrar nada, ninguna señal de su paso por los recodos solitarios de la noche. Sólo podía escuchar, cada vez más fuerte y más nítido, un llanto inoportuno e implacable que me irritaba. Cuando abrí la puerta que daba al fondo de la casa siguiendo los rastros inciertos de las lágrimas, fue con la esperanza de encontrar alguna razón que me ayudara a presumir un resto de cordura, pero al verlo allí de pronto, a la intemperie, abandonado, pequeño, indefenso y hambriento, reclamando su derecho inalienable a ser amado de la única forma que sabe hacerlo un recién nacido, imponiendo su presencia inocultable con la intensidad de un llanto desgarrado, comprendí finalmente el sentido preciso de mi desconcierto y la urgente necesidad de provocarlo.
La vida, que se ocultaba discreta entre las paredes de mi casa, no estaba dispuesta a resignarse sin luchar al abandono y a la muerte de un incierto porvenir, mientras pudiera corromper con su murmullo el silencio de la noche que encubría los pasos sigilosos de una infamia.
Cuando los murmullos que creía originados en el sueño seguían invadiendo el dormitorio me levanté decidida a buscarlos, pero no pude encontrar ninguna presencia ajena al escenario habitual que explicara aquellas voces tenues y persistentes. Curiosa, me recosté en el sofá con la esperanza de encontrar más tarde una señal que justificara el despropósito.
Los cuadros en mi casa, son como la biblioteca, una presencia ineludible, miradas particulares de un universo inagotable, cada uno con su pasado y una historia que contar que siempre es diferente, dependiendo del ángulo en el que fijemos la mirada.
En una de las paredes está el retrato de una niña que queriendo ser mujer y valiente, recibió una bala certera que cercenó su futuro de coraje, a su lado una naturaleza que algunos llaman muerta y que sin embargo vibra a cada instante con los destellos de luz que ella misma se inventa, en la otra un arlequín de sombrero rojo y máscara espigada que oculta sutilmente una sonrisa impertinente, más al fondo una mujer altiva de cuello largo y gesto apacible que observa atentamente para desafiar con su mirada a los que se aproximan y en el corredor un paisaje de luces y de sombras que se alternan por la gracia de un faro lejano que nunca deja de girar.
Cuando volví a escuchar los murmullos, no fue preciso seguir buscando, porque allí, frente a mis ojos, los cuadros que hasta entonces pintaban las paredes de mi casa se transformaron de pronto en ventanas abiertas de pequeños universos afanosamente inquietos. Mientras yo quería creer que dormía o me empeñaba en creerlo, las figuras se imponían con sus gestos de mimos rebeldes y contrariados. Yo no alcanzaba a comprender lo que estaba sucediendo y las posibles explicaciones se me atojaban propias de la fe o de la locura. Uno a uno y cada uno a su manera, se mostraban insistentes, ansiosos o indignados por lo que seguramente presumían una necedad de mi parte y que sin embargo no era otra cosa que un descomunal desconcierto. Extasiada por la experiencia y renuente a aceptar mí desvarío, me abandoné a la vigilia en la que percibía la vehemencia de la niña que quería ser mujer o la severidad de la dama altiva y pretensiosa que me señalaba con el dedo de la culpa mientras escuchaba la risa nerviosa del arlequín y la sirena del faro anunciando un peligro que presumía inminente.
El sueño finalmente llegó, aunque agitado por la ambigua percepción de mis sentidos.
Cuando volví a despertar con los primeros rayos del sol, miré ansiosa a mi alrededor buscando las huellas que imagino dejarían los milagros, pero no pude encontrar nada, ninguna señal de su paso por los recodos solitarios de la noche. Sólo podía escuchar, cada vez más fuerte y más nítido, un llanto inoportuno e implacable que me irritaba. Cuando abrí la puerta que daba al fondo de la casa siguiendo los rastros inciertos de las lágrimas, fue con la esperanza de encontrar alguna razón que me ayudara a presumir un resto de cordura, pero al verlo allí de pronto, a la intemperie, abandonado, pequeño, indefenso y hambriento, reclamando su derecho inalienable a ser amado de la única forma que sabe hacerlo un recién nacido, imponiendo su presencia inocultable con la intensidad de un llanto desgarrado, comprendí finalmente el sentido preciso de mi desconcierto y la urgente necesidad de provocarlo.
La vida, que se ocultaba discreta entre las paredes de mi casa, no estaba dispuesta a resignarse sin luchar al abandono y a la muerte de un incierto porvenir, mientras pudiera corromper con su murmullo el silencio de la noche que encubría los pasos sigilosos de una infamia.



3 comentarios:
Los sueños siempre son metáforas. Doblegan los sentidos, perpetúan la emoción, preñan el nuevo día y hacen declinar las frustraciones.
Por cierto, Chaplin estuvo pasando una pensión al actor-niño Jackie Coogan hasta su muerte. Nunca se olvidó de él. Y no fue con el único con quien lo hizo. Grande, grande Charlie. Generoso y desprendido, zarandeado como pocos por la moral burguesa. Bendito sea su paso por la tierra.
entre todas esas imágenes, elijo la de Modigliani. Y el ritmo de tus
letras, envolvente.
Los sueños te hablan
los sueños dan ilusión
los sueños te trasladan
al país de la imaginación.
Un besito y buen fin de semana
Publicar un comentario en la entrada