martes 23 de septiembre de 2008

Caminos cruzados


El carro de la compra le pesaba, las ruedas no trazaban bien su recorrido y se empecinaban enfrentadas, una buscando las bebidas para emborracharse y la otra los productos de limpieza para purificarse. Otras veces no luchaba contra el absurdo de intentar imponerles su voluntad, pero como el carro ya estaba casi lleno seguía con mucho esfuerzo dirigiendo el recorrido. Mientras maldecía la pretensión de libertad de los objetos inanimados levantó la vista y lo vio a escaso metro de distancia - sonriendo divertido - sin carro y con un libro en la mano. Tal vez ella no pareciera en su sano juicio pero él era lo más parecido a un extraterrestre que hubiera visto en su vida, nadie va a los supermercados para pasearse leyendo entre las góndolas. Con toda la ironía de la que disponía para absurdos semejantes le devolvió la sonrisa sosteniendo su mirada hasta perderlo de vista.
Terminado el calvario de la compra, se detuvo en una caja en la que sólo había un hombre que ya se retiraba.
Cuando la cajera comienza a facturarle siente que la están mirando, otra vez él con su sonrisa entre burlona y divertida ayudando a cargar las bolsas del señor que la precedía. Nuevamente las miradas que al cruzarse se detienen y de pronto - la vida toda - transcurre entre el ir y venir imperceptible de una fuerza que atrae y sujeta, una fracción del tiempo que se evade del implacable devenir de la realidad y su sustancia.
Expulsada abruptamente del instante por el legítimo reclamo de cobrar, se resigna al exilio y la pérdida y va en busca de su auto para huir del reflejo obstinado en la mirada de un rostro que se pierde entre las multitudes.
Ya en el estacionamiento, ordena las bolsas en el maletero del coche, lo enciende y comienza a maniobrar para volver a perderse en la rutina diaria de los deberes cotidianos. Los estacionamientos de las grandes superficies la confunden, las flechas que indican el sentido de sus pequeñas avenidas no se rigen con el mismo criterio que las del tránsito de las calles de la ciudad y casi siempre sale a contramano. Aunque disciplinadamente se proponga encontrar la salida adecuada y cada vez se convenza del acierto, nunca logra su propósito. Cuando se enfrenta a las miradas de otros conductores que la interrogan con gestos desproporcionados a la gravedad del asunto se resigna al maltrato y articula en silencio sus disculpas.
Nuevamente su sentido de la orientación - costumbrista - vuelve a tenderle una trampa y cuando mira al frente y ve una camioneta gris apuntando su proa hacia ella, agacha la cabeza derrotada. Pero esta vez no alcanza a disculparse, de pronto, un hombre alto, delgado y de aspecto musculoso recién salido del vehículo comienza a aproximarse. Preocupada, mira a los costados buscando rastros de algún otro indicio humano que eventualmente pudiera defenderla del arranque colérico de un conductor fuera de sus cabales, pero sólo ve mujeres concentradas en las bolsas de la compra y en los niños. Resignada, levanta la vista para mirarlo de frente y descubre - no sin asombro - la sonrisa irónica y burlona del hombre que se paseaba leyendo entre las góndolas. Ya sin temor abre la ventanilla del auto y sin preámbulos ni presentaciones, él extiende su mano para entregarle una tarjeta mientras dice en un tono cálido pero imperativo – llamame.
Sentada al volante con el coche alineado en la dirección correcta y con varios conductores impacientes detrás haciendo sonar las bocinas, queda estupefacta mirándolo maniobrar hasta alejarse perdiéndose en el tránsito.

Ya en casa y con el orden restablecido se sienta a leer la tarjeta. Sólo un nombre con su apellido y un teléfono pero ningún indicio cierto que pudiera ayudarla a componer una imagen – diferente o acaso semejante – a la que naturalmente había dibujado. Un rostro sonriente, un ávido lector y un hombre decidido.

Sólo sabe que no sabe lo que hará, llamarlo o no llamarlo es una duda que aún no quiere resolver. Prefiere disfrutar del momento, ese presente - en el que suelen escasear las sorpresas - de una fantasía posible: un futuro que promete todo cuanto quiera imaginar entre dos caminos que se cruzan por obra de un azar.

12 comentarios:

federico dijo...

Don Dante, mi mascota, quiere que usted no se quede mirando la tarjeta y haga algo, cualquier cosa sea. Yo estoy en un todo de acuerdo con él, que lo sepa.

Luc dijo...

Luego de leer su texto me vino la siguiente reflexión: "el día que aprendar a disfrutar el camino y sus señales más que el destino hacia el que viajo seré feliz". No sé si entristecerme o ponerme contento.

Un beso

naturline dijo...

Parece el hombre de la tarjeta el abogado del diablo o tiene un fin pentenciero.

Fede dijo...

Ese turbio territorio donde el debería se mezcla con el ¿quiero? Pensar que la mayoría de las vidas se ven determinadas por momentos así... ¡Cosa e' mandinga!

PD: ¡Basta de Federicos!

Ilusoluis dijo...

Preciosa narración. Idea, ¿tú crees que el azar, el cruce de caminos, es inescrutable? Te lo digo porque cada vez estoy más convencido de que incluso el azar más imprevisto está regido por un orden interno que no alcanzamos a entender, pero que vive con sus reglas de oro dentro de nuestra intuición.
¿Y si el azar lo avizoramos nosotros sin darnos cuenta?
¿Y si el cruce de caminos ha sido pavimentado previamente por nuestros peones y tan sólo se aguardaba el momento físico del encuentro?
Un beso.
(Oye, Idea, observo que tus buenos, magníficos comentaristas, son más educados y formales que yo. Pues ya me puedes disculpar, pero aquí en Cádiz en general son muy besucones, y yo en particular más todavía. O sea, que otro beso)

Idea dijo...

Fede, dígale a Don Dante que cada cosa tiene su momento, porque como usted bien lo sugiere, ese territorio dónde se mezclan el ser y el deber es un territorio repleto de matorrales y es preciso cortarlos para ver el monte.

Luc, pongase contento, usted no tiene motivos para no estarlo, le aseguro que cuando uno se detiene en el camino es tan sólo porque no quiere más apurar el tranco por temor a llegar antes de tiempo.
Otro beso para usted.

Naturline, ni abogado del diablo ni pendenciero…

Ilusoluis , no tengo idea de si el cruce es inescrutable, no sé si existe un orden que pueda dirigirnos, tal vez sí, tal vez no, acaso alguna vez lleguemos a saberlo, aunque de ser sincera confieso que a veces el azar visto como tal resulta atractivo porque tiene la cualidad de no requerir de nuestro esfuerzo o de nuestro empeño. De alguna forma me resulta apacible el no tener que hacer o dejar de hacer para que algo suceda.
Por cierto, gracias y otros dos besos para ti, que por estas tierras no acusamos a nadie de acoso por mandar algunos besos virtuales y somos como en Cádiz, muy besucones.

Francisco Machuca dijo...

Gracias por tus entusiastas palabras depositadas en El tiempo ganado.Descubro aquí un excelente blog;comprometido,lícido y muy elocuente para con los problemas que aquejan al mundo.Yo también te felicito por tu gran labor.

Besos y un fuerte abrazo.

Carolina dijo...

Que supermercado es?! tienen sucursal en Mar del Plata, Argentina???! Cual es la compra minima?!

Besos

Carolina dijo...

Abajo las dudas y a llamar, Idea. O en su defecto, a repartir tarjetas.

Santi el montador dijo...

Idea se cruzaron sus caminos, ella le vio pero no quería mirarlo, algo le atraía de él ¿ qué sería? Bueno si es en esta época de consumo y publicidad sería el último Best Seller o la camisa o cualquier chorrada para hacer que las mujeres compren productos y no se fijen en personas magnéticas. Un besito Idea

Idea dijo...

Francisco, gracias a ti por tus reseñas, siempre es un placer leerte. Un beso grande

Carolina, todavía no abrieron sucursal en Mar del Plata, pero puedo hablar con los dueños para gestionar el asunto con celeridad. Si compra un chicle le alcanzará para tropezar con algún merodeador, sólo tiene que afinar la búsqueda. Un beso grande

Santi, efectivamente se cruzaron, después ellos dirán… Otro grande para ti.

Fede dijo...

¡Guaita! El fede negro y el celeste son dos Fedes... ¡Qué quilombo!

PD: No me gustan los gatos.