
Cuando me llamaron de la escribanía para decirme que tenía que estar presente en la lectura de su testamento, mi sorpresa no pudo ser mayor. Karen era la propietaria y directora de una maravillosa Galería de Arte en el centro de la ciudad y yo la había conocido años atrás cuando le propuso a mi entonces marido hacer una exposición de sus esculturas.
Nos tuvimos afecto desde la primera vez que nos vimos. Ese algo inexplicable que hace que dos personas tengan empatía a pesar de las evidencias. Para alguien tan pragmático como yo, su misticismo resultaba sorprendentemente atractivo. Sus ritos cotidianos impregnaban la galería de un espíritu cordial, eran una invitación a quedarse, observar y escuchar. Aún hoy percibo, sin mayores esfuerzos, el aroma a eucaliptus que quemaba con una vieja plancha de hierro de principios de siglo para ahuyentar a los malos espíritus, o puedo sentir la ternura y la deferencia con la que recibía a los artistas atendiéndolos como si fueran únicos, porque sabía de sus egos. Su sabiduría no podía comprenderse como el simple resultado de un aprendizaje intelectual, la historia de su vida eran las páginas abiertas de una enciclopedia universal.
El día que murió sentí una pena infinita – cumplir 85 años no es una razón digna o suficiente para morirse - porque las tardes de tertulia en su galería eran una de esas experiencias que no se olvidan fácilmente y a las que sólo se renuncia por la fuerza de las evidencias.
Mientras el Escribano terminaba con las formalidades, yo seguía especulando a propósito de las razones por las que aquella mujer querría dejarme como legado su vieja casa de veraneo en Las Toscas.
Pasado el estupor – aunque aún sin saber los motivos - fui a conocerla, para tal vez honrar su memoria y despedirnos, porque a los muertos siempre hay que dejarlos decir adiós. Me llevó algunas horas reponerme de la desazón, porque al llegar y ver los enanos de jardín desparramados a lo largo del terreno que rodeaba la casa no podía conformarme con la idea de aceptar que Karen los coleccionara. Los enanos de jardín son al arte una afrenta, pensaba yo, no pudiendo resignarme al atropello de verlos invadir el paisaje.
Sólo el horizonte infinito en el mar que podía vislumbrarse desde la hamaca que invitaba a compartirlo pudo rescatarme del espanto y allí, meciéndome con una copa de vino para brindar las dos, volví a sentir la misma paz de algunas tardes en su compañía.
Si las puestas de sol invitan a la nostalgia, la noche cerrada le imprime al alma un dejo de amargura, sin embargo, a veces la noche nos sorprende iluminando las formas que se ocultan en sus grietas. Lo que pasó después, sé que jamás lo comprenderé porque no se trata de entenderlo, acaso tan sólo de vivirlo. Los inefables enanos de jardín no eran lo que yo presumía, los gnomos habían ocupado su lugar. Así, una increíble y maravillosa fiesta de seres que iban y venían, que bailaban, reían y cantaban, que festejaban su alegría y lloraban - de a ratos -apesadumbrados, que hablaban un idioma ininteligible para mí y sin embargo próximo, sucedió en un lapso de tiempo imposible de registrar o de explicar.
Sólo sé que poco antes del amanecer, yo seguía meciéndome en la hamaca, rozando aún la sombra de quien estuvo a mi lado para compartir mi asombro, cuando los enanos volvieron a su lugar.
El día amaneció frágil y sin certezas, iluminando tímidamente el paisaje y sugiriendo que la eficacia de la verdad y su valor para la vida podrían tal vez encontrarse en las formas de la intuición que subyacen allí, dónde no estamos buscando.
El último temporal arrancó de raíz uno de los robles que ofrecía su sombra a los enanos, pero desde entonces yo he plantado otros, y lo seguiré haciendo hasta que - llegada la hora - alguien ocupe mi lugar.
Nos tuvimos afecto desde la primera vez que nos vimos. Ese algo inexplicable que hace que dos personas tengan empatía a pesar de las evidencias. Para alguien tan pragmático como yo, su misticismo resultaba sorprendentemente atractivo. Sus ritos cotidianos impregnaban la galería de un espíritu cordial, eran una invitación a quedarse, observar y escuchar. Aún hoy percibo, sin mayores esfuerzos, el aroma a eucaliptus que quemaba con una vieja plancha de hierro de principios de siglo para ahuyentar a los malos espíritus, o puedo sentir la ternura y la deferencia con la que recibía a los artistas atendiéndolos como si fueran únicos, porque sabía de sus egos. Su sabiduría no podía comprenderse como el simple resultado de un aprendizaje intelectual, la historia de su vida eran las páginas abiertas de una enciclopedia universal.
El día que murió sentí una pena infinita – cumplir 85 años no es una razón digna o suficiente para morirse - porque las tardes de tertulia en su galería eran una de esas experiencias que no se olvidan fácilmente y a las que sólo se renuncia por la fuerza de las evidencias.
Mientras el Escribano terminaba con las formalidades, yo seguía especulando a propósito de las razones por las que aquella mujer querría dejarme como legado su vieja casa de veraneo en Las Toscas.
Pasado el estupor – aunque aún sin saber los motivos - fui a conocerla, para tal vez honrar su memoria y despedirnos, porque a los muertos siempre hay que dejarlos decir adiós. Me llevó algunas horas reponerme de la desazón, porque al llegar y ver los enanos de jardín desparramados a lo largo del terreno que rodeaba la casa no podía conformarme con la idea de aceptar que Karen los coleccionara. Los enanos de jardín son al arte una afrenta, pensaba yo, no pudiendo resignarme al atropello de verlos invadir el paisaje.
Sólo el horizonte infinito en el mar que podía vislumbrarse desde la hamaca que invitaba a compartirlo pudo rescatarme del espanto y allí, meciéndome con una copa de vino para brindar las dos, volví a sentir la misma paz de algunas tardes en su compañía.
Si las puestas de sol invitan a la nostalgia, la noche cerrada le imprime al alma un dejo de amargura, sin embargo, a veces la noche nos sorprende iluminando las formas que se ocultan en sus grietas. Lo que pasó después, sé que jamás lo comprenderé porque no se trata de entenderlo, acaso tan sólo de vivirlo. Los inefables enanos de jardín no eran lo que yo presumía, los gnomos habían ocupado su lugar. Así, una increíble y maravillosa fiesta de seres que iban y venían, que bailaban, reían y cantaban, que festejaban su alegría y lloraban - de a ratos -apesadumbrados, que hablaban un idioma ininteligible para mí y sin embargo próximo, sucedió en un lapso de tiempo imposible de registrar o de explicar.
Sólo sé que poco antes del amanecer, yo seguía meciéndome en la hamaca, rozando aún la sombra de quien estuvo a mi lado para compartir mi asombro, cuando los enanos volvieron a su lugar.
El día amaneció frágil y sin certezas, iluminando tímidamente el paisaje y sugiriendo que la eficacia de la verdad y su valor para la vida podrían tal vez encontrarse en las formas de la intuición que subyacen allí, dónde no estamos buscando.
El último temporal arrancó de raíz uno de los robles que ofrecía su sombra a los enanos, pero desde entonces yo he plantado otros, y lo seguiré haciendo hasta que - llegada la hora - alguien ocupe mi lugar.



5 comentarios:
¡Impecable! Una narración llena de oxígeno, de luz. Un texto que se deja leer sin necesidad de deshacer nudos. Bien la idea en sí; bien el elemento del vino; muy bien el párrafo final. ¡Felicitaciones!
"A pesar de las evidencias" ¿Cómo puede esconder la mano después de tirar esa piedra? Me gustó lo mucho lo de dejar que los muertos se despidan. ¿Cómo se hace?
Me pareció realmente encantador el relato. No hay palabra más adecuada. Me encantaria ser la proxima heredera, donde hay que anotarse??
Lo mejor de todo, es que en la vida real tambien a veces nos encontramos con gente así de magica.
Besos...
Y los fantasmas???
Como siempre, querida, un placer leer su relato. Me parece acertadísimo eso de que hay cosas que no hay que comprender, que solo hay que vivir. Me pregunto a menudo si no nos es muy perjudicial la ingenuidad de intentar racionalizarlo todo.
Un beso sin razón
Walter, gracias, ¿brindamos?
Fede, ¿cómo se hace? Inventando
Caro, Nuncio, gracias.
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